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Yo Quiero Ese

Cierta vez escuché un relato acerca de un granjero que tenía cachorros para vender. Hizo un cartel ofreciendo los cachorros y lo clavó en un poste en una esquina de su campo. Mientras estaba clavando el cartel al poste, sintió que le daban un tirón en sus pantalones de trabajo.

Miró hacia abajo y vio a un muchachito con una amplia sonrisa y con algo en su mano. “Señor”, le dijo, “quiero comprarle uno de sus cachorritos”. “Bueno”, le contestó el granjero, “estos cachorros son de raza , y cuestan bastante dinero”. El muchachito inclinó por un momento su cabeza, luego volvió a levantarla para mirar al granjero y dijo: “He conseguido treinta y nueve centavos ¿Es esto suficiente para echarles un vistazo? ”

“Seguro”, dijo el  granjero, comenzando a silbar y a gritar, “Dolly , ven aquí, Dolly”. Dolly salió corriendo de su casilla y bajó la rampa seguida de cuatro pequeñas bolas de piel. Los ojos del muchachito danzaban de alegría.

Entonces de la casilla salió, a hurtadillas, otra pequeña bola, ésta era notablemente más pequeña. Se deslizó por la rampa y comenzó a renguear en un infructuoso intento por alcanzar al resto. El cachorrito era claramente el más pequeño de la camada. El muchachito apretó su carita contra la cerca y gritó con fuerzas: ¡Yo quiero a ése!, señalando al más pequeño. El granjero se arrodilló y dijo: "Hijo, tú no quieres a este cachorrito. Él nunca podrá correr y jugar contigo de la forma en que tú quisieras”. Al oír eso, el muchachito bajó la mano y lentamente se subió el  pantalón en una de sus piernas. Al  hacerlo, mostró un doble abrazadero de acero a ambos lados de su pierna, que iba hasta un zapato especial. Mirando hacia arriba al granjero, le dijo: “Como usted verá, señor, yo tampoco corro tan bien que digamos, y él necesitará a alguien que lo comprenda”. 

Colaboración de: Erika Anaya, North Hollywood, California, USA

 

La Vasija Agrietada

Un cargador de agua en la India tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que el llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía una grieta, mientras que la otra era perfecta y entregaba el agua completa al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando llegaba, la vasija rota solo contenía la mitad del agua. Por dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, perfecta para los fines para la cual fué creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía conseguir la mitad de lo que se suponía debía hacer. Después de dos años le habló al aguador diciéndole:

- "Estoy avergonzada de mi misma y me quiero disculpar contigo"

-¿Por qué? le preguntó el aguador.

- Porque debido a mis grietas, solo puedes entregar la mitad de mi carga. Debido a mis grietas, solo obtienes la mitad del valor de lo que deberías.

El aguador se sintió muy apesadumbrado por la vasija y con gran compasión le dijo:

-Cuando regresemos a la casa del patrón quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo y en efecto vió muchísimas flores hermosas a todo lo largo, pero de todos modos se sintió muy apenada porque al final solo llevaba la mitad de su carga. El aguador le dijo:

-¿Te diste cuenta de que las flores solo crecen en tu lado del camino?, siempre he sabido de tus grietas y quise obtener ventaja de ello, sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde tú vas y todos los días tú las has regado. Por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi maestro. Sin ser exactamente como eres, El no hubiera tenido esa belleza sobre su mesa.

Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero si le permitimos a Dios utilizar nuestras grietas para decorar la mesa de su Padre......" En la gran economía de Dios, Nada se desperdicia". 

 

 Regalo de Amor

Hace un tiempo, un amigo mío, castigó a su pequeña hija de tres años por desperdiciar un rollo de papel de regalos dorado. El dinero no alcanzaba, y se puso furioso cuando la niña trató de decorar una caja para colocarla debajo del árbol de Navidad. A pesar de eso, al día siguiente, la pequeña trajo el regalo a su padre y le dijo: "Esto es para ti, papito". El estaba avergonzado por la exagerada reacción que había tenido, pero su enojo volvió a encenderse cuando vio que la caja estaba vacía.

Le gritó: "¿No sabes que cuando le das un regalo a alguien debe de haber algo dentro de él?"

La pequeña lo miró, con lágrimas en los ojos, y le dijo: "Oh, papito, no está vacía. Yo soplé besitos en la caja. La llené con mi amor. Todo para tí, papito".

El padre estaba conmovido. Rodeó con sus brazos a la pequeña y le pidió perdón. Mi amigo me contó que conservó la caja dorada por años junto a su cama. Siempre que se sentía desanimado, sacaba un beso imaginario y recordaba el amor que la niña había puesto en su interior.

En un sentido real, cada uno de nosotros, como padres ha recibido un recipiente lleno de amor incondicional y de besos de nuestros hijos. No hay posesión más preciosa que uno pueda tener. 

Colaboración de: José Lara, Van Nuys, California, USA

 

¡Hazme Como Joe!

Joe era un Borracho que milagrosamente se había convertido en la Misión Bowery. Antes de su conversión, se había ganado la fama de ser un sucio borracho para quien no había esperanza, era solamente una miserable existencia en el suburbio. Pero luego de su conversión a una nueva vida con Dios, todo cambió. Joe se transformó en la persona más atenta que la misión hubiera conocido. Joe pasaba sus días y sus noches en la misión haciendo todo lo que era necesario. No había ninguna tarea que se le solicitara, la cual él considerase indigna de hacer. Ya sea para limpiar el vómito dejado por algún alcohólico muy enfermo, o para cepillar los inodoros, después que hombres descuidados dejaran el baño hecho una inmundicia. Joe hacía lo que se le pedía con una sonrisa en sus labios y una aparente gratitud por la oportunidad de poder ayudar. Se podía contar con él para dar de comer a hombres débiles que provenientes de la calle entraban en la misión, y para desvestir y llevar a la cama a hombres que estaban demasiado perdidos como para cuidar de sí mismos.

Una tarde, mientras el director de la misión estaba dando su mensaje evangelístico a la usual multitud de hombres hoscos y silenciosos con su cabezas gachas, hubo un hombre que levantó la mirada, vino por el pasillo hasta el altar y se arrodilló para orar, pidiéndole a Dios que le ayudase a cambiar. El borracho arrepentido no dejaba de gritar. "¡Oh Dios! ¡Hazme igual a Joe!  ¡Hazme igual a Joe! ¡Hazme igual a Joe! ¡Hazme igual a Joe!"

El director de la misión se inclinó hacia adelante y le dijo al hombre: "Hijo, yo creo que sería mejor si orases, "Hazme igual a Jesús".

El hombre levantó la cabeza para mirar al director con una burlona expresión en su rostro y le preguntó, "¿Es él igual a Joe?".   

Colaboración de: José Lara, Van Nuys, California, USA

 

Es Más que un Trabajo

Un joven muchacho entró apresuradamente dentro de una estación de servicio y le preguntó al encargado si tenía un teléfono público. El encargado asintió con la cabeza. "Seguro, allí está". El muchacho introdujo algunas monedas, marcó un número y esperó la respuesta. Finalmente alguien le contestó. "Un, señor", dijo con voz profunda, "¿podría serle útil un muchacho honesto, buen trabajador, para trabajar con usted?" El encargado de la estación no pudo evitar oír la pregunta. Después de unos instantes, el muchacho dijo: "¡Oh!, ¿usted ya tiene un muchacho joven, honesto y buen trabajador? Bueno, ¡está bien!. Igualmente gracias".

Con una amplia sonrisa de oreja a oreja, cortó la comunicación y volvió a su coche, cantando eufóricamente. "¡Eh!, permíteme un minuto", lo llamó el encargado de la estación. "No pude evitar escuchar tu conversación. ¿Por qué estás tan contento? Yo pensé que el hombre te había dicho que ya tenía a alguien y no te necesitaba". El muchacho sonrió y dijo: "Bueno, verá usted, yo soy el muchacho honesto y trabajador. ¡Estaba solamente controlado mi trabajo!"     

Colaboración de: Bernardino Sánchez, North Hollywood, California, USA

 

Las Prioridades

De niño, mientras crecía, conocí un hombre que me parecía más grande que la vida misma. Su nombre era Edwin E. Bailey, y atendía el observatorio astronómico del Instituto Franklin de Filadelfia. Yo iba, la mayoría de los sábados, al Instituto Franklin solamente para pasar tiempo con él. Su mente de enciclopedia me fascinaba. Parecía saber algo sobre todo.

Fuimos amigos con Ed Bailey hasta que falleció hace varios años atrás. Fui a visitarlo, cuando estaba en el hospital, después de sufrir un severo ataque de presión. En un esfuerzo por charlar un poco, le conté acerca de todos los lugares donde había estado hablando y cómo había llegado hasta su cama, directamente desde el aeropuerto.

Me escuchó y después me dijo en una forma levemente sarcástica: "Has ido por todo el mundo y llegado a personas que, diez años después, no recordarán tu nombre. Pero no has tenido tiempo para las personas que te quieren realmente. Esta frase tan simple me golpeó fuertemente y cambió mi vida. Decidí no dejar que mi tiempo fuera usado por personas a las cuales no les importo, mientras descuido a aquellos para los cuales soy irremplazable.

Un amigo mío recibió, hace poco, un llamado desde la Casa Blanca pidiéndole una conferencia con el presidente de los Estados Unidos. El la rechazó, debido a que iba a ser el día que había prometido pasarlo con su nieta en la costa  del mar. La nación sobrevivió sin él, el presidente no lo extrañó, y su nieta tuvo un día maravilloso con su "Abue". Las prioridades debieran ponerse primero siempre. 

Colaboración de: Bernardino Sánchez, North Hollywood, California, USA

 

El Valor del Ser Humano

Alfredo, con el rostro abatido de pesar se encuentra con su amiga Marisa en un restaurante para tomar un café. Profundamente desanimado, derrama ante ella sus angustias ... que si el trabajo, que si el dinero, que si la relación con su mujer. Todo parece ir mal en su vida.

Derrepente, Marisa introduce la mano en su bolso, y balancea ante los asombrados ojos de Alfredo un billete de 100 dólares. "Alfredo, quieres este billete?". Con gesto de incredulidad, Alfredo la mira sin saber bien qué quiere su amiga. "... son 100 dólares!, ¿quién no los querría?" Como respuesta, Marisa esconde el billete en su mano cerrada, y lo aprieta con fuerza, hasta dejarlo reducido a una arrugada pelota de papel verde.

Abre la mano, y le enseña a Alfredo la piltrafa de papel: "¿Y ahora lo sigues queriendo?"

-"Marisa, no sé qué pretendes con esto, pero siguen siendo 100 dólares, claro que los quiero, si es que me los vas a dar."

Entonces Marisa desdobló el billete, lo estiró como pudo en la mesa ¡y lo tiró al suelo, pisándolo y restregándolo entre las losetas! Cuando volvió a cogerlo, algunos parroquianos la miraban divertidos desde las otras mesas. Alfredo empesó a sentir vergüenza, pero otra pregunta le sacó de sus pensamientos: "¿Lo sigues queriendo?"

-"Mira Marisa, sigo sin entender lo que pretendes, pero ese es un billete de 100 dólares. y mientras no lo rompas conserva todo su valor..."

-"Entonces, Alfredo, debes saber que aunque a veces la vida no marche como quieres, aunque las circunstancias te arruguen o te pisoteen SIGUES siendo tan valioso como siempre lo has sido ... lo que debes preguntarte es CUANTO VALES en realidad y no lo golpeado que puedas estar en un momento determinado".

Alfredo se quedó mirando a Marisa sin atinar con palabra alguna mientras el impacto del mensaje penetraba profundamente en su alma y en su mente.

Marisa puso el arrugado billete delante de él, en su lado de la mesa, y con una sonrisa cómplice agregó: -"Toma, guárdalo para que lo recuerdes cuando te sientas mal ... ¡pero me debes un billete nuevo de 100 dólares, para poder usarlo con el próximo amigo que lo necesite!"

Le dio un beso en la mejilla a Alfredo, que miraba el billete sin pronunciar palabra, y levantándose de su silla se alejó rumbo a la puerta.

Alfredo volvió a mirar el billete, sonrió, y con una renovada energía llamó al camarero para pagar la cuenta... pero no con el billete de 100 dólares.

"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, varón y hembra los creó" Génesis 1:26-27.

 

Predicación en el Autobús

Hace años un pastor protestante llegó a un pueblo de Madrid para iniciar su labor en una nueva iglesia. A los pocos días de mudarse, fue a visitar a uno de sus feligreses. Como no tenía coche y vivía algo apartado del domicilio a visitar, decidió subir a un autobús.

Al sentarse al fondo del vehículo, descubrió que el conductor le había dado en la vuelta quinientas pesetas de más. Se quedó con la moneda en la mano, pensando para sí mismo, "Bah, olvídalo, son sólo quinientas pesetas ¿A quien le importa una cantidad tan pequeña de dinero?. Nadie va a echarla de menos. La empresa de autobuses recauda muchos millones. Acéptalo como un detalle de parte de Dios."

Pero cuando llegó a su parada, antes de bajarse se detuvo y, en un impulso, decidió devolverle las quinientas pesetas al conductor, diciéndole: "Tome, usted me dio este dinero de más en la vuelta."

El conductor, con una sonrisa de picardía le respondió, "Sé que es usted el nuevo pastor de la iglesia evangélica del pueblo. Dejé de asistir hace unos años, y he estado pensando en regresar. Quería ver qué hacía si yo le daba dinero de más en el cambio". Se bajó el pastor con una sacudida interior, pensando: "Dios mío, por poco vendo el testimonio de tu Hijo por quinientas pesetas."

Fue una predicación rotunda, aunque sin palabras, del pastor. El conductor del autobús fue un fiel seguidor de Jesucristo y miembro comprometido de la iglesia. Nuestras vidas serán la primera Biblia, y a veces la única, que algunos leerán.

Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo. 1ª Corintios 11:1

Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Santiago 2:17.

  

La Ventana del Hospital

Dos hombres ancianos, seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. Ninguno podía casi moverse, pero uno de ellos (el que estaba cerca de la única ventana) tenía la suerte de poder sentarse en su cama cada tarde, durante la escasa hora a la que llegaban sus fuerzas, afectadas por una grave enfermedad. El otro paciente, totalmente escayolado por un terrible accidente de tráfico, tenía que permanecer quieto y boca arriba, en un auténtico tormento de quietud.

Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus vidas, de la coincidencia de no tener ya ninguna familia ni amigos que les visitasen, sus recuerdos... Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el rato describiendo a su vecino el panorama que podía ver desde su privilegiada posición. El hombre inmovilizado llegó a desear con toda su alma esa hora, en la que el reducido mundo de la habitación se ensanchaba, y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior que él no podía ver.

La ventana, le decía su compañero, daba a un parque con una preciosa fuente y un pequeño lago. Patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de vivos colores. Frondosos árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista del perfil de la ciudad. El paciente que estaba junto a la ventana tenía el arte de hacer un relato exquisito, lleno de detalles y de vida. Desde el otro lado de la habitación, su compañero cerraba los ojos e imaginaba las escenas.

Así pasaron un par de semanas. Una mañana, la enfermera del turno de día entró como cada mañana, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había muerto plácidamente mientras dormía. Tras superar el vacío de su compañero, al que había llegado a apreciar mucho, el otro hombre pidió ser cambiado a la cama que estaba junto a la ventana, a lo que los médicos accedieron.

En cuanto se quedó solo, lentamente y con enorme esfuerzo, el anciano aprovechó la progresiva mejoría que estaba teniendo para apoyarse en su codo, y conseguir lanzar su primera mirada al ansiado mundo exterior que le había relatado su fallecido amigo. ¡Por fin tendría la alegría de verlo él mismo! Se esforzó para girarse despacio y mirar a través del cristal... ¡y se encontró con la pared blanca de un edificio!

El hombre se quedó mitad asombrado y mitad enfadado. En cuanto volvió a entrar la enfermera en la habitación le contó la extraña experiencia, y le preguntó qué podría haber motivado a su antiguo compañero a describir cosas tan hermosas y falsas a través de la ventana. La enfermera le explicó que aquel hombre casi no podía ver, y que difícilmente habría alcanzado a vislumbrar más allá de veinte metros. Sin embargo, se quedó pensativa, y le contestó finalmente: "Quizás sólo quería animarle a usted".

En todo tiempo ama el amigo. Y es como un hermano en tiempo de angustia. Proverbios 17:17

 

¿Recuerdas lo del Pato?

Había un pequeño niño visitando a sus abuelos en su granja. El tenía una resortera (honda) con la que jugaba todo el día, practicaba con ella en el bosque pero nunca daba en el blanco. Estando un poco desilusionado, regresó a casa para la cena. Al acercarse a casa, divisó al pato mascota de la abuela. Sin poder contenerse, usó su resortera y le pegó al pato en la cabeza y lo mató.

Estaba triste y espantado, y todavía en pánico, escondió el cadáver del pato en el bosque. Pero se dió cuenta que su hermana lo estaba observando. Lucrecia lo había visto todo pero no dijo nada. Después de comer la abuela dijo, "Lucrecia, acompáñame a lavar los platos." Pero Lucrecia dijo, "Abuela, Pedro me dijo que hoy quería ayudarte en la cocina, ¿no es cierto Pedro? Y ella le susurró al oído: "¿Recuerdas lo del pato?" Entonces, sin decir nada, Pedro lavó los platos.

En otra ocasión el abuelo preguntó a los niños si querían ir de pesca, y la abuela dijo, "Lo siento pero Lucrecia debe ayudarme a preparar la comida." Pero Lucrecia con una sonrisa dijo, "Yo si puedo ir, porque Pedro me dijo que a él le gustaría ayudar." Nuevamente le susurró al oído "¿Recuerdas lo del pato?" Entonces, Lucrecia fue a pescar y Pedro se quedó.

Transcurridos muchos días en que estaba haciendo sus propias tareas y las de Lucrecia, finalmente él no pudo más. Fue donde la abuela y confesó que había matado al pato. Ella se arrodilló, le dió un gran abrazo y le dijo, "Amorcito, yo ya lo sabía. Estuve parada en la ventana y lo ví todo, pero porque te amo te perdoné. Lo que me preguntaba era hasta cuando permitirías que Lucrecia te tuviera como esclavo.

¿Hasta cuándo permitirás que tus pecados sin confesar te mantengan esclavo? Hoy puedes gozar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.


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Ilustraciones

                     Sección 4

  En esta sección te presentamos las siguientes ilustraciones:

  Yo quiero ese
  La vasija agrietada
  Regalo de amor
  ¡Hazme como Joe!
  Es más que un trabajo
  Las prioridades
  El valor del ser...
  Predicación en el bus
  La ventana del...
  ¿Recuerdas lo del...?

                     Nota

Estas ilustraciones te  invitarán  a la reflexión, y es posible que algunas te hagan emocionar hasta las lágrimas.

Si tienes alguna ilustración, envíala a través de nuestro correo electrónico. Prometemos publicarla y darte el crédito correspondiente. 

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