Págs. 1  2  3  4  5  6  7  8  9  10  11  12  13  14  15  16  17  18  19  20  21  22  23  24  25  26 27 28 29 30 31  32 33

«A cada cual, aquello que teme»

por el Hermano Pablo

Robert Gauntlett, millonario y dueño de una fábrica de productos farmacéuticos, contempló largo rato la pastilla que debía tomar. Se hallaba entre la espada y la pared. Si tomaba esa pastilla elaborada por sus propios laboratorios, habría de quedar semi eunuco. Si no la tomaba, le esperaba una larga condena.

Robert Gauntlett había sido acusado de violar repetidas veces a su hijastra, una chica adolescente. El juez lo había condenado a una castración química, empleando un medicamento especial que su propia empresa producía. La decisión era como de vida o muerte. Prefiriendo la castración a la cárcel, el millonario tomó la pastilla.

Era realmente irónica y paradójica la situación de este hombre. Llevado —más bien arrastrado— por sus morbosas pasiones, había abusado de su hijastra. Una sensualidad excesiva lo había conducido a cometer el nefando delito.

A fin de cuentas, el juez condenó a Gauntlett a tomar un producto químico que él mismo había inventado y elaborado, un producto que, a pesar de ser creación suya, él temía y aborrecía. De ahí que se cumpliera en él aquel proverbio de la selva mencionado por George Orwell en su obra 1984: «A cada cual, aquello que teme.»

Mucha gente hay que se ve enfrentada, de pronto, a la malignidad de sus propias invenciones. Se menciona en todos los libros de historia, por ejemplo, que J. I. Guillotín, médico francés, inventor de la guillotina un medio de ejecución, murió guillotinado en 1814.

La vida tiene tantas paradojas que muchas veces atrapa al cazador en la misma trampa que ha preparado para otros. Ya sea el castigo directo de Dios, o complicaciones inevitables o el destino adverso, lo cierto es que muchos pagan su delito con lo mismo que quisieron para los demás.

«Al malvado lo atrapan sus malas obras» (Proverbios 5:22), dice el sabio Salomón. Y Dios muchas veces entrega a los hombres a las consecuencias de sus propios hechos indignos. Amán, el malvado ministro persa, murió ahorcado en la misma horca que había preparado para el judío Mardoqueo.

Hay una manera de escapar a estos sinos trágicos. En primer lugar, hay que reconocer, sinceramente, lo erróneo de la conducta. En segundo lugar, es necesario arrepentirse de toda maldad. Y en tercer lugar, hay que aceptar el perdón gratuito y eterno que Dios ofrece a los que creen en Cristo. Sólo Cristo salva.

 

Los cuatro monos

Los profesores de comercio Gary Hamel y C. K. Prahalad han escrito sobre un experimento llevado a cabo con un grupo de monos. Es una historia real de fracaso.

Cuatro monos fueron puestos en un cuarto que tenía un gran palo en el centro. Suspendido de lo más alto del palo había un racimo de bananas.

Hambriento, uno de los monos empezó a subir por el palo para conseguir algo para comer, pero cuando estaba por alcanzar las bananas, se le lanzó un chorro de agua fría. Chillando, se bajó del palo y renunció a su intento de conseguir comida.

Los demás monos hicieron esfuerzos similares y cada uno fue bañado con agua fría. Después de varios intentos, finalmente se dieron por vencidos.

Entonces los investigadores sacaron del cuarto a uno de los monos y lo reemplazaron por otro. En el momento en que el recién llegado empezó a subir por el palo, los otros tres lo agarraron y lo bajaron.

Después de haber intentado subir por el palo varias veces y de ser bajado por los otros, él finalmente se dio por vencido y no volvió a intentar subir al palo otra vez.

Los investigadores reemplazaron a los tres monos originales, uno por uno, y cada vez ponían un mono nuevo, el que sería bajado del palo por los otros antes que pudiera llegar a las bananas.

Llegó el momento en que el cuarto estaba lleno de monos que nunca habían recibido una ducha de agua fría. Ninguno trató de subir por el palo, pero ninguno sabía por qué.

Desdichadamente, la gente que acostumbra fracasar es muy parecida a estos monos. Cometen el mismo error una vez tras otra, aunque nunca están seguros por qué. Y como resultado, nunca logran salir de lo que yo llamo la supercarretera del fracaso.

El viejo dicho tiene razón: Si usted siempre hace lo que siempre ha hecho, siempre va a obtener lo que siempre ha obtenido.


NO DEJE QUE EL FRACASO HAGA UN MONO DE USTED

 

¿A cuál alimentas?

 

Un anciano indio describió una vez sus conflictos interiores:- Dentro de mi existen dos cachorros. Uno de ellos es cruel y malo, y el otro es bueno y dócil. Los dos están siempre luchando...

Entonces le preguntaron cuál de ellos era el que acabaría ganando.

El sabio indio guardó silencio un instante, y después de haber pensado unos segundos respondió:- Aquel a quien yo alimente.

 

¿Águila o Gallina?

 

Un guerrero indio se encontró un huevo de águila, el cual recogió del suelo y colocó más tarde en el nido de una gallina. El resultado fue que el aguilucho se crió junto a los polluelos.

Así, creyéndose ella misma gallina, el águila se pasó la vida actuando como éstas. Rascaba la tierra en busca de semillas e insectos con los cuales alimentarse. Cacareaba y cloqueaba. Al volar, batía levemente las alas y agitaba escasamente su plumaje, de modo que apenas se elevaba un metro sobre el suelo. No le parecía anormal; así era como volaban las demás gallinas.

Un día vio que un ave majestuosa planeaba por el cielo despejado.

Volaba sin casi batir sus resplandecientes alas dejándose llevar gallardamente por las corrientes de aire.

-¡Qué hermosa ave! -le dijo a la gallina que se hallaba a su lado. ¿Cuál es su nombre?

-Aguila, la reina de las aves - le contesto ésta. Pero no te hagas ilusiones: nunca serás como ella.

El águila vieja dejó, en efecto, de prestarle atención.

Murió creyendo que era gallina, cuando había sido creada para remontar las alturas.

La Biblia dice que los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas. No te conformes como el águila de la historia, has sido creado para propósitos más elevados.

 

Al más grande de todos

 

 

No se puede visitar París sin ir a ver la torre Eiffel, toda ella de acero, que construyó el famoso ingeniero Alejandro Gustavo Eiffel, de 1887 a 1889.
 

Después de inaugurada la torre, llegó a París Tomás Alba Edison, el más célebres de los inventores norteamericanos, con 1,300 patentes. Subió a la famosa torre, y se le invitó a escribir unas palabras en el libro de oro de los visitantes.

 

Edison escribió: “Al señor Eiffel, el valiente constructor de esta obra tan gigantesca y original de la moderna ingeniería, de un hombre que siente la más grande admiración por todos los ingenieros, incluido el más grande ellos: Dios”. Tomás Alba Edison.

 


Google
Web Busca en nuestra página
 

 

Ilustraciones

                     Sección 32

En esta sección te presentamos las siguientes ilustraciones:

A cada cual, aquello que teme
Los cuatro monos
¿A cuál alimentas?
¿Águila o gallina?

Al más grande de todos

                      Nota

Estas ilustraciones te  invitarán  a la reflexión, y es posible que algunas te hagan emocionar hasta las lágrimas.

Si tienes alguna ilustración, envíala a través de nuestro correo electrónico. Prometemos publicarla y darte el crédito correspondiente. 

                                   ::  Portada   ::      ::   Anterior   ::      ::   Subir    ::      ::   Siguiente    ::

                                                            Copyright © Unidos en Cristo. All rights reserved. - Contáctenos si desea usar algún material de nuestro sitio web