|
Págs.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32

Una historia real de fracaso
Los
profesores de comercio Gary Hamel y C. K. Prahalad han escrito
sobre un experimento llevado a cabo con un grupo de monos. Es
una historia real de fracaso.
Cuatro monos fueron puestos en un cuarto que tenía un gran palo
en el centro. Suspendido de lo más alto del palo había un racimo
de bananas.
Hambriento, uno de los monos empezó a subir por el palo para
conseguir algo para comer, pero cuando estaba por alcanzar las
bananas, se le lanzó un chorro de agua fría. Chillando, se bajó
del palo y renunció a su intento de conseguir comida.
Los demás monos hicieron esfuerzos similares y cada uno fue
bañado con agua fría. Después de varios intentos, finalmente se
dieron por vencidos.
Entonces los investigadores sacaron del cuarto a uno de los
monos y lo reemplazaron por otro. En el momento en que el recién
llegado empezó a subir por el palo, los otros tres lo agarraron
y lo bajaron.
Después de haber intentado subir por el palo varias veces y de
ser bajado por los otros, él finalmente se dio por vencido y no
volvió a intentar subir al palo otra vez.
Los investigadores reemplazaron a los tres monos originales, uno
por uno, y cada vez ponían un mono nuevo, el que sería bajado
del palo por los otros antes que pudiera llegar a las bananas.
Llegó el momento en que el cuarto estaba lleno de monos que
nunca habían recibido una ducha de agua fría. Ninguno trató de
subir por el palo, pero ninguno sabía por qué.
Desdichadamente, la gente que acostumbra fracasar es muy
parecida a estos monos. Cometen el mismo error una vez tras
otra, aunque nunca están seguros por qué. Y como resultado,
nunca logran salir de lo que yo llamo la supercarretera del
fracaso.
El viejo dicho tiene razón: Si usted siempre hace lo que siempre
ha hecho, siempre va a obtener lo que siempre ha obtenido.
NO DEJE QUE EL FRACASO HAGA UN MONO DE USTED
La Cabaña
Solitaria del kilómetro 40
Una
maravillosa historia de la gracia de Dios
En
todas partes que relato esta historia de "La Cabaña Solitaria
del Kilómetro 40", el Señor parece bendecirla y es por haberlo
solicitado por lo que la estoy relatando esta noche. Es una
historia verídica que me contó el principal protagonista de
ella, y que enaltece la gracia de Dios sobre una vida destrozada
por el pecado.
La
historia comienza en Iowa con un anciano granjero llamado J.
Conlee. El era padre de doce hijos: seis varones y seis hembras,
los cuales crecieron con la fiel promesa de convertirse en
espléndidos ciudadanos y seguidores del Señor Jesús, pues el
padre era Metodista de la vieja escuela y llevaba a su familia a
la iglesia y a la Escuela Dominical.
Algunos
de los hijos se habían hecho hombres. Uno de ellos era abogado,
otro médico, y otro era profesor en un Seminario. Cuando el niño
del cual vamos a hablar nació, el padre y la madre hicieron lo
que habían hecho con los otros hijos: le dedicaron al Señor. En
los días de su niñez la madre dijo: "Espero que mi pequeño José
sea un predicador del evangelio como lo son dos de sus
hermanos."
Los años
pasaron y José era un buen muchacho y una promesa en su hogar.
Un día,
después de terminar sus labores en la escuela de Segunda
Enseñanza, su padre se acercó y le dijo: "José, ¿has decidido lo
que serás?" "Sí, padre dijo José, el curso que he tomado en la
Escuela me está preparando como un ingeniero civil. Yo creo que
seré ingeniero civil."
El
rostro de su padre se inmutó notablemente y dijo: "¡Oh, me da
mucho sentimiento! Nosotros esperábamos que tú te dedicaras al
Ministerio. ¿Estás seguro de no haber oído el llamamiento del
Señor?" El contestó que oraría sobre eso, y después de dos
semanas llegó hasta su padre y le dijo: "Padre, he cambiado de
idea. Abrazaré el Ministerio." Su padre le abrazó y le besó y le
dijo que le mandaría a la Universidad de Iowa: y cuando él hubo
recibido su grado de bachiller, fue durante tres años a la
Escuela en Ft. Dodge para prepararse para el Ministerio.
Un día
uno de los profesores le dijo: "¿Sabe que hay una cantidad de
supersticiones mezcladas con lo que nosotros originalmente
aceptamos? Usted es un alumno brillante. Le oí al Presidente
decir que le considera uno de los estudiantes más aplicados que
tenemos. Piénselo bien, y dedíquese al estudio de los libros. Me
gustaría que leyera a "Darwin", "Renán" y "Huxley", todos ellos
filósofos."
Cuando
José Colee salió de aquella escuela había una batalla de razón
contra fe y la razón estaba ganando la batalla. El aceptó el
cargo de pastor en una pequeña iglesia Metodista de Iowa, y
estando allí se casó con una espléndida joven cristiana, la hija
de un predicador metodista de un pueblo cercano. Después de tres
años, a causa de su amistad con el Obispo, fue trasladado a la
"Primera Iglesia Metodista" de Sta. Ana. Allí pasó dos años,
pero fueron años en los que libró una tremenda batalla dentro de
su alma. Se libran mayores batallas dentro de los confines del
corazón humano que las que se libraron en el histórico
Gettysburg, Ypres o el Marne.
Le
otorgaron el grado honorífico de "Doctor en la Divinidad", y él
progresó en sus aspiraciones ministeriales, aunque durante todo
ese tiempo estuvo sumergido en el "Modernismo" mirando las
Escrituras desde el punto de vista Modernista e interpretándolas
no a base de fe sino a base de razones e intelectualismo. A él
le habían aconsejado que para estar en el justo medio debía
mirar a ambos lados del problema, y no se dejaría arrastrar por
el emocionalismo del metodismo.
La
Conferencia Metodista que se celebró en Los Ángeles sirvió para
que el Obispo le cumplimentara por su excelente trabajo, y llegó
a ser pastor de la Primera Iglesia Metodista de San Diego, una
de las mayores en la Costa del Pacífico.
Después
de dos años de ministerio triunfal en dicho lugar, se trasladó a
Pomona, California, y fue durante ese tiempo que construyó la
elegante Iglesia Metodista de aquel lugar; un bello exponente de
arquitectura española. Fue allí donde las semillas que él había
sembrado en su corazón, en el pasado, comenzaron a producir
frutos, de tal modo que José le confesó a su esposa que estaba
comenzando a sentirse un poco hipócrita, que no creía las cosas
que estaba predicando a su congregación y finalmente dijo: "Lo
voy a dejar. No puedo seguir."
El "negó
el nacimiento virginal" de Cristo y los milagros, y un día José
Colee subió al púlpito y dijo: "Amigos míos, les voy a hacer una
confesión: Yo no puedo creer en la Biblia; y he librado una
terrible batalla en mi corazón durante años. Ahora creo que
recobraré parte de mi propia estimación. Esta es la última vez
que predicaré".
El era
un talentoso escritor y pronto encontró empleo. Regresó a Sta.
Ana y llegó a ser el editor de "The Sta.
Ana
Herald".
Durante
años su nombre apareció encabezando los artículos de editorial.
Pero comenzó a fumar, beber y jugar un poco y fue de mal en
peor. Dejó Sta. Ana y fue a Los Ángeles donde por algún tiempo
fue el editor de "The East Los Ángeles Exponent". Se mudó a
Covina y allí fundó su propio periódico "The Covina Argur
Independent", un periódico que aún se edita. Lo vendió por una
pequeña fortuna y se convirtió en escritor del editorial de "Los
Ángeles Times" y más tarde del "The Exáminer", posiciones éstas
que perdió a causa de la bebida. Trabajó en "The Express", pero
perdió ese empleo por estar embriagado con frecuencia.
Su pluma
nunca perdió su brillantez. Parecía estar sumergida en la buena
tinta de la inspiración. Hubo muchos días que él no pudo asistir
al trabajo. Vagabundeando de un lugar a otro, el hombre que
había sido el pastor de la gran Primera Iglesia Metodista de San
Diego y de la gran Iglesia en Pomona, se convirtió en un
disoluto borracho vestido de harapos. Solía encontrársele todas
las noches en la parte trasera del "Mineral Saloon".
Culpando
a su vieja vida de su caída comenzó, en su antipatía hacia Dios,
con una serie de ataques públicos sobre el Metodismo y el
Cristianismo. Llegó a ser el presidente de la "Asociación de
Libres Pensadores de California", y durante doce años no perdió
una sola noche de asistir al "Mineral Saloon", dando charlas
sobre ateísmo y bebiendo hasta querer morirse. El levantaba su
mano y desafiaba a Dios a que le matase, y cuando nada le
sucedía decía: "¿Ustedes ven amigos?, no hay Dios". Recogía
algunos dólares y entraba al salón a beber de nuevo hasta no
poder más.
Era
necesario llevárselo noche tras noche hasta su esposa que oraba
sin cesar, mientras el delirio se apoderaba de él una y otra
vez. Se puso enflaquecido, con los ojos hundidos, blasfemo,
maldiciente y perjuro; él había descendido hasta el fango y la
escoria de las cosas, pero cada noche su esposa, una hija de un
predicador metodista, oraba por él. Me imagino lo que hubiera
pensado el profesor que le dio aquellos libros si hubiera podido
verle ahora en Los Ángeles, sucio, con los pantalones rotos en
las rodillas, con la barba larga: un pobre y viejo borracho.
Un día,
bajando por una calle, accidentalmente tropezó con un hombre. El
doctor Conlee estaba borracho como siempre, y dijo: "¿Puede
usted darme un dólar, amigo?" El hombre le miró y reconoció a su
viejo pastor: "¿No es usted Conlee, señor? ¡Dígame!" le dijo con
alegría. "Ese es mi nombre, Conlee" le contestó el borracho.
"¡Mi viejo pastor! ¿Qué hace usted en éste estado? ¡No puedo
creer lo que ven mis ojos!". Y el bondadoso doctor cristiano,
pues era doctor en medicina, le llevó a su casa, le ayudó a
bañarse, lo vistió, y le llevó a un hotel cercano explicando al
dependiente lo que él estaba haciendo. Conlee empeñó el traje y
lo gastó en bebida. Entre el doctor y sus amigos trataron de la
mejor manera de salvar al viejo borracho, pero no pudieron hacer
nada por él. Cada centavo que conseguía lo gastaba en bebida,
hasta que llegó tan bajo como es posible a un ser humano llegar.
Por último todo el mundo le ayudó, y el doctor dijo: "Si
pudiéramos sacarle del "Mineral Saloon", tal vez le ayudaría a
regenerarse".
Fue en
el tiempo de la gran avalancha de oro en Alaska y los hombres
estaban subiendo a "Chilkoot Pass" como un enjambre de hormigas
camino a los campos de oro en una cruzada loca por obtener el
metal amarillo, y sus amigos pensaron que él podía interesarse
de tal modo que su vida cambiaría.
El viejo
borracho dijo que deseaba ir; de modo que le prepararon su
pequeño baúl, le compraron otro traje y le embarcaron rumbo a
Skagway. Su esposa e hijita vinieron a despedirle. Su pequeña
hija, Florence, le echó los brazos al cuello y le dijo: "Papá,
querido papá; mamá puso un pequeño botiquín de medicinas que
ella pensó tú podrías necesitar si te herías allá. Dentro del
botiquín yo he puesto mi pequeña Biblia. Yo no se la daría a
ningún otro en el mundo, sino a ti, papá ¿la leerás?". Esa
pequeña Biblia representaba mucho para Florence y en la carátula
ella había escrito: "Para mi querido papá, con amor de Florence.
No olvides que te amamos".
La
sirena tocó y el viejo vapor surcó las aguas: en el fondo del
baúl estaba el botiquín con la Biblia adentro. En unas pocas
semanas él estaba en medio de una maldiciente oleada humana que
iba rumbo al Yukón. El primer lugar que encontró fue una
cantina, la mayor de la ciudad, y consiguió empleo en aquella
cueva infernal. El reverendo José Conlee barriendo pisos y
limpiando las escupideras, y su paga era todo lo que quisiera
beber y el alimento suficiente para mantenerse vivo.
Un día
el propietario de un gran lugar llegó hasta él y le dijo:
"Doctor, yo quiero que usted vaya hasta el kilómetro 40. Hemos
hallado oro allí, y yo soy el primer hombre que lo sabe, con
excepción del hombre que lo encontró. Yo he comprado la vieja
cabaña de madera, y quisiera que usted fuera y maneje aquello".
"¡Yo no me voy de aquí! _dijo José_, usted sabe cuál es mi
pequeña debilidad". El no iba donde no pudiera conseguir whiskey;
pero el hombre le dijo: "José, usted puede tener todo lo que
desee para beber. Nosotros enviaremos provisiones para dos
semanas en el trineo. No tendrá nada que hacer sino sentarse en
la cabaña y pasar el tiempo agradablemente".
De este
modo José Conlee se instaló en la Solitaria Cabaña del Kilómetro
40, sin nada que hacer sino beber. El había sido provisto de una
buena remesa al despuntar el invierno y tenía suficiente hasta
que terminara. Reía y reía mientras bebía hasta más no poder.
El
barril de whiskey había bajado una cuarta parte, cuando un día
de octubre hubo un golpe a la puerta de la cabaña. Allí estaba
Jimmie Miller, un Católico Romano que dijo tener frió y hambre.
El picaporte está siempre abierto en Alaska, no se acostumbra
despedir a nadie, así que Conlee dijo: "Entre, hay alimento y un
barril de whiskey". Jimmie Miller rió alborozado mientras
entraba en la cabaña; entonces los dos se sentaron a beber. Allí
estuvieron por dos semanas bebiendo juntos cada noche hasta
dormirse, sin perder una sola noche. Las orgías de licor en
aquella cabaña eran superiores a cualquier descripción, cuando
sonó otro golpe en la puerta y Wally Flett, un médium
espiritista de San Francisco, apareció. Al ver el licor su boca
comenzó a hacerse agua y dijo: "¿No desean que me quede con
ustedes?" Ellos dijeron: "Sí" y entonces eran tres ahora en la
cabaña. Sus risas impúdicas, sus soeces burlas, sus historias y
cuentos obscenos, su beber en exceso era algo difícil de
explicar.
Llegó
Noviembre y se terminó. Ellos hicieron tres viajes a Dawson con
los trineos para buscar whiskey y alimento. Entonces el abuso de
bebida les atacó los nervios. Los tres bebían, bebían y bebían
hasta llorar y hacer heces en tormentoso delirio noche tras
noche. Después, por divertirse, tuvieron una sesión espiritista,
y Wally Flett, el viejo médium, les dijo como él hacía para
engañar a las gentes y les enseñó a ellos como la escritura de
la pizarra se hacía y su clave. Noche tras noche ese era el
programa para los tres en la Cabaña Solitaria.
Entonces
una noche uno de ellos se puso al borde de la muerte. Jimmie
Miller tenía delirio y fiebre y en gran agonía gritó:
"¡Tráiganme un médico, ustedes no pueden permitir que me quede
aquí y muera!". Pero ellos estaban a 40 millas de la ciudad de
Dawson; la temperatura era 40 grados bajo cero, y la nieve
estaba profunda. El delirio le mantenía gritando: "¡Tráiganme un
médico!". Entonces Conlee recordó que en el fondo del viejo baúl
estaba el botiquín, de modo que lo trajo, lo abrió, y de este
cayó un pequeño y negro libro sobre el piso. El lo abrió y leyó:
"De Florence a mi papá". "¡Forence! ¡Florence! Wally Flett dijo,
¿Qué encontraste Conlee?" "Una Biblia ¡maldición!" y Conlee
cruzó la estancia hacia la estufa, pero al levantar la tapa para
arrojarla adentro Wally Flett gritó: "¡No la eches ahí, hombre,
¿no sabes que no tenemos nada para leer en este paraje
abandonado de Dios? El único magazine tuyo lo he leído veinte
veces" y diciendo esto arrebató la pequeña Biblia de la mano de
José Conlee. Este dijo: "Si tú quieres leer eso, hazlo, pero yo
no lo haré. ¿Qué es lo que tiene en la carátula?" "A mi querido
papá, con amor de Florence" leyó Wally. Ahora Conlee estaba un
poco más serio: "¡Mi pequeña hija! Me alegro de no haber quemado
la Biblia que mi pequeña Florence me dio".
La
medicina comenzó a obrar; Jimmie Miller comenzó a mejorar y
cuando estuvo convaleciente comenzó a leer la Biblia. Jimmie
tenía el hábito de leer en voz alta. José trató de decirle que
se callara pero Wally Flett estaba interesado. El decía: "¿Qué
fué lo que usted leyó Jimmie?" entonces Jimmie volvía a leer de
nuevo. Wally dijo: "No sabía que habían cosas tan importantes
como estas en la Biblia. ¿Qué dice usted si la leemos solamente
para pasar el tiempo, no para creer en ella? José en un tiempo
fué un predicador, él nos dijo lo tonto que son los
predicadores". Así que tomaron turno para la lectura y sin que
se dieran cuenta un cambio se aproximaba a la Cabaña Solitaria
del Kilómetro 40_ y el barril de whiskey fue vaciándose más
lentamente. Algunos días ellos leían 5,6 y 7 capítulos, y cuando
llegaron al Nuevo Testamento, las blasfemias decrecieron,
comenzaron a dejar el barril de whiskey y Wally dijo: "¿No han
notado ustedes como una especie de cambio en nosotros? Durante
tres o cuatro días no he oído imprecaciones. Yo quisiera saber
si es esa Biblia la que está haciendo esto".
Llegó la
Navidad. Ellos leyeron la historia del Nacimiento de Cristo.
Wally Flett dijo: "Un momento; ¿saben ustedes qué día es? Es
Navidad. Yo quisiera saber lo que los niños están haciendo ahora
en los Estados Unidos... ¿qué te pasa José?" "¡Oh, precisamente
pensaba en la pequeña Florence. Ella acostumbraba colgar una
media en Navidad antes de que yo me volviera un imbécil con la
bebida. Allí estarán las gentes felices alrededor de sus
chimeneas."
Llegó
Enero y ellos comenzaron a leer el Evangelio de San Juan, y fue
entonces cuando vino aquel día venturoso, Febrero 14. Le tocaba
leer a Walley y José se puso detrás de la estufa. Walley leyó:
"No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en
mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no fuera así
os lo hubiera dicho. Voy pues a preparar lugar para vosotros."
José se pasó la mano por los ojos. "¿Qué te pasa, José?"
"¡Nada!" "¿Estás llorando, José?" "Sí, lee, estoy pensando en mi
pequeña hija. No estoy llorando a causa de la Biblia." Entonces
Walley dijo: "Me gustaría saber si lo que este libro dice es
verdad. Durante los últimos cinco días yo he estado queriendo
orar y me espanta la idea de que ustedes se rieran de mí, pero
no tendré más ningún temor. Yo le pediré a Dios, si hay un Dios,
que me hable." José dijo: "Bien, ya que te has confesado tú
mismo, les diré que mi corazón ha sido quebrantado desde la
semana pasada. Puedo oír a mi madre allá en Iowa orando, aunque
ella está ahora en la tumba. ¿Qué dices tú, Jimmie? Si ustedes
compañeros quieren orar, yo oraré con ustedes." Los tres
viajeros borrachos de la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40
doblaron sus rodillas para orar. Sus oraciones se elevaron más y
más. De repente Walley Flett saltó sobre sus pies gritando:
"¡Aleluya, aleluya! ¡Jesús me ha escuchado!". Mientras él
gritaba, se levantó Jimmie Miller, y por último José Conlee, el
tercero en la cabaña, también se levantó gritando "¡Gloria!".
Eran las dos de la mañana cuando ellos se levantaron de orar.
Dentro
de la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40 había venido el Hombre
del Manto Inmaculado. Yo puedo verle a El en espíritu junto a la
vieja estufa de yukón, al poner Sus manos sobre sus cabezas. Más
tarde José agarró el barril de Whiskey y lo rodó hasta la
puerta. Waley fue a buscar el hacha, y el inmundo líquido se
derramó sobre la nieve en medio de los gritos de gloria. Los
ángeles estaban mirando desde las alturas cuando vieron lo que
sucedió en la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40: Jimmie Miller,
José Conlee y Waley Flett nacieron de nuevo por el Espíritu de
Dios.
Yo
estaba atendiendo los cultos en Eugenia, Oregón; y el hermano
Hornshub me ofreció presentarme al Deán de su Escuela Bíblica
quien resultó ser el doctor José Conlee. Ese fue el comienzo de
nuestra amistad.
Un poco
antes de terminar mi campaña, el doctor Conlee me pidió pasar
tres horas con él en su habitación y que trajera papel y lápiz.
El dijo: "No voy a estar mucho tiempo en este mundo; yo voy a mi
hogar para descansar en Jesús; pero yo he estado orando, y creo
que Dios quiere que mi historia sea publicada." Aquella noche yo
estuve en su habitación, y en la habitación próxima estaban su
esposa y su hija Florence quienes vivían en los apartamentos de
la Escuela. El comenzó diciendo: "Usted tendrá que perdonarme si
lloro un poco, pero quiero comenzar desde el principio." Y él me
contó la historia tal como yo se las he relatado a ustedes. Tres
veces, durante la entrevista, oramos juntos. A las cuatro en
punto yo le abracé y lloramos juntos.
Me fui a
Yakima para una campaña, y durante la primera semana me enteré
por una estudiante enviada desde Eugenia que "Tío José" había
ido a descansar. Cuando él supo que se iba envió por ella y le
dijo me dijera que Jesús, quien le había hallado en la Cabaña
del Kilómetro 40, estaba con él. Entonces puso su cabeza sobre
la almohada y murió.
Walley Flett ha sido lleno del
Espíritu Santo y vive predicando en Texas. La última vez que oí
hablar de Jimmie Miller, él estaba predicando la santidad al
pueblo, pero el querido tío José estaba descansando en Jesús.
Jóvenes
amigos, tengan cuidado con lo que leen. No hay ningún libro como
la Biblia, y si alguna batalla comienza a librarse dentro de los
confines de sus corazones y vidas digan: "¡Señor, mientras no
pueda entender, yo creeré en ti, y donde no pueda ir la razón,
irá conmigo la fe, y donde no pueda ver, yo confiaré."
Que el Señor use esta historia para fortalecer a aquellos que
tienen a sus amados descendiendo hasta el lodo a causa de la
infame bebida, para que crean y continúen firmes en oración.
(Hechos 16:31) "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y
tu casa."
Tomado de la revista :El Mensajero de los Postreros Días.

|
|