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Una historia real de fracaso

 Los profesores de comercio Gary Hamel y C. K. Prahalad han escrito sobre un experimento llevado a cabo con un grupo de monos. Es una historia real de fracaso.

Cuatro monos fueron puestos en un cuarto que tenía un gran palo en el centro. Suspendido de lo más alto del palo había un racimo de bananas.

Hambriento, uno de los monos empezó a subir por el palo para conseguir algo para comer, pero cuando estaba por alcanzar las bananas, se le lanzó un chorro de agua fría. Chillando, se bajó del palo y renunció a su intento de conseguir comida.

Los demás monos hicieron esfuerzos similares y cada uno fue bañado con agua fría. Después de varios intentos, finalmente se dieron por vencidos.

Entonces los investigadores sacaron del cuarto a uno de los monos y lo reemplazaron por otro. En el momento en que el recién llegado empezó a subir por el palo, los otros tres lo agarraron y lo bajaron.

Después de haber intentado subir por el palo varias veces y de ser bajado por los otros, él finalmente se dio por vencido y no volvió a intentar subir al palo otra vez.

Los investigadores reemplazaron a los tres monos originales, uno por uno, y cada vez ponían un mono nuevo, el que sería bajado del palo por los otros antes que pudiera llegar a las bananas.

Llegó el momento en que el cuarto estaba lleno de monos que nunca habían recibido una ducha de agua fría. Ninguno trató de subir por el palo, pero ninguno sabía por qué.

Desdichadamente, la gente que acostumbra fracasar es muy parecida a estos monos. Cometen el mismo error una vez tras otra, aunque nunca están seguros por qué. Y como resultado, nunca logran salir de lo que yo llamo la supercarretera del fracaso.

El viejo dicho tiene razón: Si usted siempre hace lo que siempre ha hecho, siempre va a obtener lo que siempre ha obtenido.

NO DEJE QUE EL FRACASO HAGA UN MONO DE USTED

 

La Cabaña Solitaria del kilómetro 40

Una maravillosa historia de la gracia de Dios

En todas partes que relato esta historia de "La Cabaña Solitaria del Kilómetro 40", el Señor parece bendecirla y es por haberlo solicitado por lo que la estoy relatando esta noche. Es una historia verídica que me contó el principal protagonista de ella, y que enaltece la gracia de Dios sobre una vida destrozada por el pecado.

La historia comienza en Iowa con un anciano granjero llamado J. Conlee. El era padre de doce hijos: seis varones y seis hembras, los cuales crecieron con la fiel promesa de convertirse en espléndidos ciudadanos y seguidores del Señor Jesús, pues el padre era Metodista de la vieja escuela y llevaba a su familia a la iglesia y a la Escuela Dominical.

Algunos de los hijos se habían hecho hombres. Uno de ellos era abogado, otro médico, y otro era profesor en un Seminario. Cuando el niño del cual vamos a hablar nació, el padre y la madre hicieron lo que habían hecho con los otros hijos: le dedicaron al Señor. En los días de su niñez la madre dijo: "Espero que mi pequeño José sea un predicador del evangelio como lo son dos de sus hermanos."

Los años pasaron y José era un buen muchacho y una promesa en su hogar.

Un día, después de terminar sus labores en la escuela de Segunda Enseñanza, su padre se acercó y le dijo: "José, ¿has decidido lo que serás?" "Sí, padre  dijo José, el curso que he tomado en la Escuela me está preparando como un ingeniero civil. Yo creo que seré ingeniero civil."

El rostro de su padre se inmutó notablemente y dijo: "¡Oh, me da mucho sentimiento! Nosotros esperábamos que tú te dedicaras al Ministerio. ¿Estás seguro de no haber oído el llamamiento del Señor?" El contestó que oraría sobre eso, y después de dos semanas llegó hasta su padre y le dijo: "Padre, he cambiado de idea. Abrazaré el Ministerio." Su padre le abrazó y le besó y le dijo que le mandaría a la Universidad de Iowa: y cuando él hubo recibido su grado de bachiller, fue durante tres años a la Escuela en Ft. Dodge para prepararse para el Ministerio.

Un día uno de los profesores le dijo: "¿Sabe que hay una cantidad de supersticiones mezcladas con lo que nosotros originalmente aceptamos? Usted es un alumno brillante. Le oí al Presidente decir que le considera uno de los estudiantes más aplicados que tenemos. Piénselo bien, y dedíquese al estudio de los libros. Me gustaría que leyera a "Darwin", "Renán" y "Huxley", todos ellos filósofos."

Cuando José Colee salió de aquella escuela había una batalla de razón contra fe y la razón estaba ganando la batalla. El aceptó el cargo de pastor en una pequeña iglesia Metodista de Iowa, y estando allí se casó con una espléndida joven cristiana, la hija de un predicador metodista de un pueblo cercano. Después de tres años, a causa de su amistad con el Obispo, fue trasladado a la "Primera Iglesia Metodista" de Sta. Ana. Allí pasó dos años, pero fueron años en los que libró una tremenda batalla dentro de su alma. Se libran mayores batallas dentro de los confines del corazón humano que las que se libraron en el histórico Gettysburg, Ypres o el Marne.

Le otorgaron el grado honorífico de "Doctor en la Divinidad", y él progresó en sus aspiraciones ministeriales, aunque durante todo ese tiempo estuvo sumergido en el "Modernismo" mirando las Escrituras desde el punto de vista Modernista e interpretándolas no a base de fe sino a base de razones e intelectualismo. A él le habían aconsejado que para estar en el justo medio debía mirar a ambos lados del problema, y no se dejaría arrastrar por el emocionalismo del metodismo.

La Conferencia Metodista que se celebró en Los Ángeles sirvió para que el Obispo le cumplimentara por su excelente trabajo, y llegó a ser pastor de la Primera Iglesia Metodista de San Diego, una de las mayores en la Costa del Pacífico.

Después de dos años de ministerio triunfal en dicho lugar, se trasladó a Pomona, California, y fue durante ese tiempo que construyó la elegante Iglesia Metodista de aquel lugar; un bello exponente de arquitectura española. Fue allí donde las semillas que él había sembrado en su corazón, en el pasado, comenzaron a producir frutos, de tal modo que José le confesó a su esposa que estaba comenzando a sentirse un poco hipócrita, que no creía las cosas que estaba predicando a su congregación y finalmente dijo: "Lo voy a dejar. No puedo seguir."

El "negó el nacimiento virginal" de Cristo y los milagros, y un día José Colee subió al púlpito y dijo: "Amigos míos, les voy a hacer una confesión: Yo no puedo creer en la Biblia; y he librado una terrible batalla en mi corazón durante años. Ahora creo que recobraré parte de mi propia estimación. Esta es la última vez que predicaré".

El era un talentoso escritor y pronto encontró empleo. Regresó a Sta. Ana y llegó a ser el editor de "The Sta. Ana Herald". Durante años su nombre apareció encabezando los artículos de editorial. Pero comenzó a fumar, beber y jugar un poco y fue de mal en peor. Dejó Sta. Ana y fue a Los Ángeles donde por algún tiempo fue el editor de "The East Los Ángeles Exponent". Se mudó a Covina y allí fundó su propio periódico "The Covina Argur Independent", un periódico que aún se edita. Lo vendió por una pequeña fortuna y se convirtió en escritor del editorial de "Los Ángeles Times" y más tarde del "The Exáminer", posiciones éstas que perdió a causa de la bebida. Trabajó en "The Express", pero perdió ese empleo por estar embriagado con frecuencia.

Su pluma nunca perdió su brillantez. Parecía estar sumergida en la buena tinta de la inspiración. Hubo muchos días que él no pudo asistir al trabajo. Vagabundeando de un lugar a otro, el hombre que había sido el pastor de la gran Primera Iglesia Metodista de San Diego y de la gran Iglesia en Pomona, se convirtió en un disoluto borracho vestido de harapos. Solía encontrársele todas las noches en la parte trasera del "Mineral Saloon".

Culpando a su vieja vida de su caída comenzó, en su antipatía hacia Dios, con una serie de ataques públicos sobre el Metodismo y el Cristianismo. Llegó a ser el presidente de la "Asociación de Libres Pensadores de California", y durante doce años no perdió una sola noche de asistir al "Mineral Saloon", dando charlas sobre ateísmo y bebiendo hasta querer morirse. El levantaba su mano y desafiaba a Dios a que le matase, y cuando nada le sucedía decía: "¿Ustedes ven amigos?, no hay Dios". Recogía algunos dólares y entraba al salón a beber de nuevo hasta no poder más.

Era necesario llevárselo noche tras noche hasta su esposa que oraba sin cesar, mientras el delirio se apoderaba de él una y otra vez. Se puso enflaquecido, con los ojos hundidos, blasfemo, maldiciente y perjuro; él había descendido hasta el fango y la escoria de las cosas, pero cada noche su esposa, una hija de un predicador metodista, oraba por él. Me imagino lo que hubiera pensado el profesor que le dio aquellos libros si hubiera podido verle ahora en Los Ángeles, sucio, con los pantalones rotos en las rodillas, con la barba larga: un pobre y viejo borracho.

Un día, bajando por una calle, accidentalmente tropezó con un hombre. El doctor Conlee estaba borracho como siempre, y dijo: "¿Puede usted darme un dólar, amigo?" El hombre le miró y reconoció a su viejo pastor: "¿No es usted Conlee, señor? ¡Dígame!" le dijo con alegría. "Ese es mi nombre, Conlee" le contestó el borracho. "¡Mi viejo pastor! ¿Qué hace usted en éste estado? ¡No puedo creer lo que ven mis ojos!". Y el bondadoso doctor cristiano, pues era doctor en medicina, le llevó a su casa, le ayudó a bañarse, lo vistió, y le llevó a un hotel cercano explicando al dependiente lo que él estaba haciendo. Conlee empeñó el traje y lo gastó en bebida. Entre el doctor y sus amigos trataron de la mejor manera de salvar al viejo borracho, pero no pudieron hacer nada por él. Cada centavo que conseguía lo gastaba en bebida, hasta que llegó tan bajo como es posible a un ser humano llegar. Por último todo el mundo le ayudó, y el doctor dijo: "Si pudiéramos sacarle del "Mineral Saloon", tal vez le ayudaría a regenerarse".

Fue en el tiempo de la gran avalancha de oro en Alaska y los hombres estaban subiendo a "Chilkoot Pass" como un enjambre de hormigas camino a los campos de oro en una cruzada loca por obtener el metal amarillo, y sus amigos pensaron que él podía interesarse de tal modo que su vida cambiaría.

El viejo borracho dijo que deseaba ir; de modo que le prepararon su pequeño baúl, le compraron otro traje y le embarcaron rumbo a Skagway. Su esposa e hijita vinieron a despedirle. Su pequeña hija, Florence, le echó los brazos al cuello y le dijo: "Papá, querido papá; mamá puso un pequeño botiquín de medicinas que ella pensó tú podrías necesitar si te herías allá. Dentro del botiquín yo he puesto mi pequeña Biblia. Yo no se la daría a ningún otro en el mundo, sino a ti, papá ¿la leerás?". Esa pequeña Biblia representaba mucho para Florence y en la carátula ella había escrito: "Para mi querido papá, con amor de Florence. No olvides que te amamos".

La sirena tocó y el viejo vapor surcó las aguas: en el fondo del baúl estaba el botiquín con la Biblia adentro. En unas pocas semanas él estaba en medio de una maldiciente oleada humana que iba rumbo al Yukón. El primer lugar que encontró fue una cantina, la mayor de la ciudad, y consiguió empleo en aquella cueva infernal. El reverendo José Conlee barriendo pisos y limpiando las escupideras, y su paga era todo lo que quisiera beber y el alimento suficiente para mantenerse vivo.

Un día el propietario de un gran lugar llegó hasta él y le dijo: "Doctor, yo quiero que usted vaya hasta el kilómetro 40. Hemos hallado oro allí, y yo soy el primer hombre que lo sabe, con excepción del hombre que lo encontró. Yo he comprado la vieja cabaña de madera, y quisiera que usted fuera y maneje aquello". "¡Yo no me voy de aquí! _dijo José_, usted sabe cuál es mi pequeña debilidad". El no iba donde no pudiera conseguir whiskey; pero el hombre le dijo: "José, usted puede tener todo lo que desee para beber. Nosotros enviaremos provisiones para dos semanas en el trineo. No tendrá nada que hacer sino sentarse en la cabaña y pasar el tiempo agradablemente".

De este modo José Conlee se instaló en la Solitaria Cabaña del Kilómetro 40, sin nada que hacer sino beber. El había sido provisto de una buena remesa al despuntar el invierno y tenía suficiente hasta que terminara. Reía y reía mientras bebía hasta más no poder.

El barril de whiskey había bajado una cuarta parte, cuando un día de octubre hubo un golpe a la puerta de la cabaña. Allí estaba Jimmie Miller, un Católico Romano que dijo tener frió y hambre. El picaporte está siempre abierto en Alaska, no se acostumbra despedir a nadie, así que Conlee dijo: "Entre, hay alimento y un barril de whiskey". Jimmie Miller rió alborozado mientras entraba en la cabaña; entonces los dos se sentaron a beber. Allí estuvieron por dos semanas bebiendo juntos cada noche hasta dormirse, sin perder una sola noche.  Las orgías de licor en aquella cabaña eran superiores a cualquier descripción, cuando sonó otro golpe en la puerta y Wally Flett, un médium espiritista de San Francisco, apareció. Al ver el licor su boca comenzó a hacerse agua y dijo: "¿No desean que me quede con ustedes?" Ellos dijeron: "Sí" y entonces eran tres ahora en la cabaña. Sus risas impúdicas, sus soeces burlas, sus historias y cuentos obscenos, su beber en exceso era algo difícil de explicar.

Llegó Noviembre y se terminó. Ellos hicieron tres viajes a Dawson con los trineos para buscar whiskey y alimento. Entonces el abuso de bebida les atacó los nervios. Los tres bebían, bebían y bebían hasta llorar y hacer heces en tormentoso delirio noche tras noche. Después, por divertirse, tuvieron una sesión espiritista, y Wally Flett, el viejo médium, les dijo como él hacía para engañar a las gentes y les enseñó a ellos como la escritura de la pizarra se hacía y su clave. Noche tras noche ese era el programa para los tres en la Cabaña Solitaria.

Entonces una noche uno de ellos se puso al borde de la muerte. Jimmie Miller tenía delirio y fiebre y en gran agonía gritó: "¡Tráiganme un médico, ustedes no pueden permitir que me quede aquí y muera!". Pero ellos estaban a 40 millas de la ciudad de Dawson; la temperatura era 40 grados bajo cero, y la nieve estaba profunda. El delirio le mantenía gritando: "¡Tráiganme un médico!". Entonces Conlee recordó que en el fondo del viejo baúl estaba el botiquín, de modo que lo trajo, lo abrió, y de este cayó un pequeño y negro libro sobre el piso. El lo abrió y leyó: "De Florence a mi papá". "¡Forence! ¡Florence! Wally Flett dijo, ¿Qué encontraste Conlee?" "Una Biblia ¡maldición!" y Conlee cruzó la estancia hacia la estufa, pero al levantar la tapa para arrojarla adentro Wally Flett gritó: "¡No la eches ahí, hombre, ¿no sabes que no tenemos nada para leer en este paraje abandonado de Dios? El único magazine tuyo lo he leído veinte veces" y diciendo esto arrebató la pequeña Biblia de la mano de José Conlee. Este dijo: "Si tú quieres leer eso, hazlo, pero yo no lo haré. ¿Qué es lo que tiene en la carátula?" "A mi querido papá, con amor de Florence" leyó Wally. Ahora Conlee estaba un poco más serio: "¡Mi pequeña hija! Me alegro de no haber quemado la Biblia que mi pequeña Florence me dio".

La medicina comenzó a obrar; Jimmie Miller comenzó a mejorar y cuando estuvo convaleciente comenzó a leer la Biblia. Jimmie tenía el hábito de leer en voz alta. José trató de decirle que se callara pero Wally Flett estaba interesado. El decía: "¿Qué fué lo que usted leyó Jimmie?" entonces Jimmie volvía a leer de nuevo. Wally dijo: "No sabía que habían cosas tan importantes como estas en la Biblia. ¿Qué dice usted si la leemos solamente para pasar el tiempo, no para creer en ella? José en un tiempo fué un predicador, él nos dijo lo tonto que son los predicadores". Así que tomaron turno para la lectura y sin que se dieran cuenta un cambio se aproximaba a la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40_ y el barril de whiskey fue vaciándose más lentamente. Algunos días ellos leían 5,6 y 7 capítulos, y cuando llegaron al Nuevo Testamento, las blasfemias decrecieron, comenzaron a dejar el barril de whiskey y Wally dijo: "¿No han notado ustedes como una especie de cambio en nosotros? Durante tres o cuatro días no he oído imprecaciones. Yo quisiera saber si es esa Biblia la que está haciendo esto".

Llegó la Navidad. Ellos leyeron la historia del Nacimiento de Cristo. Wally Flett dijo: "Un momento; ¿saben ustedes qué día es? Es Navidad. Yo quisiera saber lo que los niños están haciendo ahora en los Estados Unidos... ¿qué te pasa José?" "¡Oh, precisamente pensaba en la pequeña Florence. Ella acostumbraba colgar una media en Navidad antes de que yo me volviera un imbécil con la bebida. Allí estarán las gentes felices alrededor de sus chimeneas."

Llegó Enero y ellos comenzaron a leer el Evangelio de San Juan, y fue entonces cuando vino aquel día venturoso, Febrero 14. Le tocaba leer a Walley y José se puso detrás de la estufa. Walley leyó: "No se turbe vuestro corazón: creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si no fuera así os lo hubiera dicho. Voy pues a preparar lugar para vosotros." José se pasó la mano por los ojos. "¿Qué te pasa, José?" "¡Nada!" "¿Estás llorando, José?" "Sí, lee, estoy pensando en mi pequeña hija. No estoy llorando a causa de la Biblia." Entonces Walley dijo: "Me gustaría saber si lo que este libro dice es verdad. Durante los últimos cinco días yo he estado queriendo orar y me espanta la idea de que ustedes se rieran de mí, pero no tendré más ningún temor. Yo le pediré a Dios, si hay un Dios, que me hable." José dijo: "Bien, ya que te has confesado tú mismo, les diré que mi corazón ha sido quebrantado desde la semana pasada. Puedo oír a mi madre allá en Iowa orando, aunque ella está ahora en la tumba. ¿Qué dices tú, Jimmie? Si ustedes compañeros quieren orar, yo oraré con ustedes." Los tres viajeros borrachos de la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40 doblaron sus rodillas para orar. Sus oraciones se elevaron más y más. De repente Walley Flett saltó sobre sus pies gritando: "¡Aleluya, aleluya! ¡Jesús me ha escuchado!". Mientras él gritaba, se levantó Jimmie Miller, y por último José Conlee, el tercero en la cabaña, también se levantó gritando "¡Gloria!". Eran las dos de la mañana cuando ellos se levantaron de orar.

Dentro de la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40 había venido el Hombre del Manto Inmaculado. Yo puedo verle a El en espíritu junto a la vieja estufa de yukón, al poner Sus manos sobre sus cabezas. Más tarde José agarró el barril de Whiskey y lo rodó hasta la puerta. Waley fue a buscar el hacha, y el inmundo líquido se derramó sobre la nieve en medio de los gritos de gloria. Los ángeles estaban mirando desde las alturas cuando vieron lo que sucedió en la Cabaña Solitaria del Kilómetro 40: Jimmie Miller, José Conlee y Waley Flett nacieron de nuevo por el Espíritu de Dios.

Yo estaba atendiendo los cultos en Eugenia, Oregón; y el hermano Hornshub me ofreció presentarme al Deán de su Escuela Bíblica quien resultó ser el doctor José Conlee. Ese fue el comienzo de nuestra amistad.

Un poco antes de terminar mi campaña, el doctor Conlee me pidió pasar tres horas con él en su habitación y que trajera papel y lápiz. El dijo: "No voy a estar mucho tiempo en este mundo; yo voy a mi hogar para descansar en Jesús; pero yo he estado orando, y creo que Dios quiere que mi historia sea publicada." Aquella noche yo estuve en su habitación, y en la habitación próxima estaban su esposa y su hija Florence quienes vivían en los apartamentos de la Escuela. El comenzó diciendo: "Usted tendrá que perdonarme si lloro un poco, pero quiero comenzar desde el principio." Y él me contó la historia tal como yo se las he relatado a ustedes. Tres veces, durante la entrevista, oramos juntos. A las cuatro en punto yo le abracé y lloramos juntos.

Me fui a Yakima para una campaña, y durante la primera semana me enteré por una estudiante enviada desde Eugenia que "Tío José" había ido a descansar. Cuando él supo que se iba envió por ella y le dijo me dijera que Jesús, quien le había hallado en la Cabaña del Kilómetro 40, estaba con él. Entonces puso su cabeza sobre la almohada y murió.

Walley Flett ha sido lleno del Espíritu Santo y vive predicando en Texas. La última vez que oí hablar de Jimmie Miller, él estaba predicando la santidad al pueblo, pero el querido tío José estaba descansando en Jesús.

Jóvenes amigos, tengan cuidado con lo que leen. No hay ningún libro como la Biblia, y si alguna batalla comienza a librarse dentro de los confines de sus corazones y vidas digan: "¡Señor, mientras no pueda entender, yo creeré en ti, y donde no pueda ir la razón, irá conmigo la fe, y donde no pueda ver, yo confiaré."

Que el Señor use esta historia para fortalecer a aquellos que tienen a sus amados descendiendo hasta el lodo a causa de la infame bebida, para que crean y continúen firmes en oración. (Hechos 16:31) "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa."

Tomado de la revista :El Mensajero de los Postreros Días.


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Ilustraciones

                     Sección 31 

En esta sección te presentamos las siguientes ilustraciones:

Una historia real de fracaso
La cabaña del kilómetro 40
 

                      Nota

Estas ilustraciones te  invitarán  a la reflexión, y es posible que algunas te hagan emocionar hasta las lágrimas.

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