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Mansiones en el cielo

Se cuenta que una mujer multimillonaria, asistía regularmente a la iglesia, aunque mas por costumbre que por deseos de servir a Dios.

Ella siempre que escuchaba acerca del cielo, no sentía mucho interés, ya que, según decía ella, tenía aquí todo lo que deseaba, que no le interesaba en lo mas mínimo estar en el cielo.

Por eso era que, al pasar el los platos de las ofrendas, siempre echaba solo unos cuantos pesos, pensando que ella no necesitaba de recompensas en el cielo.

Hasta que un día murió, llegó al cielo, y vio que las mansiones, a vista de ella, no eran muy diferentes a la mansión en la ella vivía en la tierra, y pensó: "Por lo menos no extrañaré mucho mi casa".

Al momento se le acercó un ángel que se ofreció a guiarla hasta el lugar en que viviría por toda la eternidad y ella aceptó sin mucho interés. Empezó a caminar en pos del ángel, pero al ver que caminaba y caminaba y no llegaba, comenzó a desesperarse, hasta que vio dos bellísimas mansiones, y se para el ángel frente a ellas y ella pregunta: "¿Cuál de esas es la mía?" "Ninguna", responde el ángel. Es aquella que está detrás de esas. Ahí estaba una pobrecita casa de madera, muy vieja, con hoyos por todos lados, y con muebles tan mal hechos.

Entonces la mujer aquella reclamó: "¿Y por qué me van a dar ese tipo de casa y no de las otras?"

El ángel responde: "Porque es todo lo que pudimos hacer con lo que mandaste desde la tierra".

 

Le dio el jamón más grande

Si tienes tendencias a ser avaro, procura ser lo más generoso posible, como lo hizo un campesino rico del Estado de Nueva York, del cual me han contado.

Antes de su conversión era muy miserable. Poco después de que aceptó a Cristo, se le presentó un pobre que había perdido todas sus posesiones en un incendio. El campesino resolvió darle algunos comestibles, y pensó que entre ellos le daría un jamón. Cuando iba a buscarlo, el Diablo le susurró al oído: "Dale el más chico que tengas."

Luego de una lucha, el hombre sacó el jamón más grande que pudo encontrar. Entonces el Diablo le dijo: "¡Eres un tonto!"

El campesino le dijo: "Mira, Diablo: si no te callas, le voy a dar a este hombre todos los jamones que tengo en la despensa."

 

 El rabino y la plata

"Un día, el rabino Eglón recibió la visita de un hombre muy religioso, muy rico y muy avaro. El rabino llevó a una ventana. ¿Qué ves? Le preguntó. Veo gente le respondió el rico. Entonces el rabino lo llevó ante el espejo. ¿Y ahora qué ves? Volvió a preguntarle. Me veo a mí mismo le contestó el otro. El rabino entonces le dijo: Pues, en la ventana como en el espejo, hay un cristal; sólo que el del espejo se halla recubierto por una capa de plata y, a causa de la plata, no se ve el prójimo, si no se ve uno a sí mismo." 

 

Víboras en su sepulcro

En cierta ciudad de los Estados Unidos vivió hace tiempo un hombre rico, bien conocido, llamado Zet Pedil, quien no creía en la existencia de Dios; se burlaba de los cultos evangélicos y de los que creían en Dios. Un día, este ateo dijo delante de muchos testigos lo siguiente: "Si Dios existe y es verdad lo que dice la Biblia, que mi cuerpo habite entre víboras cuando yo esté en el sepulcro."

No mucho después, en 1908, este ateo murió a la edad de 82 años, y cuando bajaban su cadáver al sepulcro, había en él una enorme víbora. Después de esto siempre se han encontrado víboras alrededor del sepulcro del ateo. El sepulturero dijo que una vez mató cuatro víboras en esa tumba, mientras que en otras no se encuentra ninguna. Otro escribió: "El sepulcro de este hombre esta siempre lleno de víboras. En cualquier tiempo que lo visitéis, encontraréis estos animales; el año pasado visitamos ese lugar veinte personas y encontramos veinte víboras. "Y se dice que entre más víboras matan, más abundan.

En 1931, el director de un periódico escribió lo siguiente: "En abril visité la tumba del ateo Zet Pedil y vimos en él seis víboras negras; mi compañero mató a una de ellas a las que fotografiamos. El sepulturero nos dijo que esa mañana él había matado cuatro, y que hacía algún tiempo habían abierto el sepulcro y lo habían limpiado para extinguir los animales, pero no habían tenido éxito. Y otro hombre dijo: "Es notable que en los sepulcros adjuntos no haya ni una sola víbora, mientras que éste está infestado"

Este hecho, raro y notable, a la vez que verdadero, se ha esparcido por medio de los periódicos y folletos, acompañados por fotografías. Con esto, muchos hombres juiciosos e inteligentes se han convencido de su error; pero otros, desgraciadamente, han seguido en su pecado. Dios contestó el desafío del ateo e hizo que su cuerpo habitara entre víboras. Cuánta razón tenía el Apóstol al decir: "No os engañéis, Dios no puede ser burlado" (Gálatas 6:7).

 

Tres clases de ateos

Juan Link se hallaba un día sentado junto a una mesa con varios jóvenes que se entretenían conversando acerca de Dios en forma burlona, del ser o no ser, de la muerte y de otros temas de carácter religioso, titulándose a si mismos de ateos, con marcada complacencia. Después de escucharlos un breve tiempo silenciosamente, Link les dijo:. "Señores, hay tres clases de ateos. Hay ateos que han llegado a serlo estudiando los diversos sistemas de filosofía tanto antiguos como modernos, los que los han llevado por caminos errados, y al fin confundidos han negado a Dios. No sé si alguno de ustedes se ha desviado de Dios por sus estudios filosóficos". Todos lo negaron tímidamente.

"Bueno, la segunda clase la componen aquellos que no tienen juicio propio, sino que semejante a los papagayos van repitiendo lo que oyen de otros ateos”. Ustedes pertenecen a esta clase. Todos negaron pertenecer a este grupo con cierta indignación.

"Muy bien, la tercera clase se compone de aquellos que tienen mala conciencia, en cuya vida y conducta hay algo corrompido, de manera que se ven en la necesidad de desear que no haya un Dios santo y justo. Porque entienden muy bien que si lo hay, la escena debe de ser espantosa cuando después de la muerte deban comparecer ante su presencia. Por eso se consuelan ante la afirmación de que "¡No hay Dios!" ¡Así que: seguid pecando! Mis caballeros, una cuarta clase no hay." Con estas palabras Link se levantó y salió saludando cortésmente. 

¿Por qué ir a la iglesia?

Un cristiano escribió una carta al editor de un periódico quejándose de que ya no tenía sentido el ir a la Iglesia cada Domingo. "He asistido fielmente por más de 30 años", escribió el hombre, "y durante todo este tiempo he escuchado a más de 3,000 sermones. Pero la verdad es que no puedo recordar ni uno solo. Así que, pienso que estoy malgastando mi tiempo….y creo que el pastor también está malgastando su tiempo en predicarlos."

Esto dio inicio a una verdadera controversia en la columna de "Cartas al Editor", algo que hizo que el editor estuviera, por supuesto, bien contento. Siguió por unas semanas hasta que alguien escribió lo siguiente: "Soy alguien casado por más de 30 años. En todo este tiempo mi esposa me ha preparado unas 32,000 comidas. Pero la verdad es que no puedo recordar el menú de ninguna de estas comidas. Pero una cosa reconozco. Cada comida me nutrió y me dio la fuerza que necesitaba para seguir fielmente en mi trabajo. Si mi esposa no me hubiera preparado cada una de estas comidas, yo no estuviera presente aquí hoy."

El periódico nunca recibió más cartas sobre ese asunto.

Proverbios 10:21 – "Los labios del justo apacientan a muchos, Mas los necios mueren por falta de entendimiento."

 

Un mensaje para otros

Se cuenta de un pastor bautista,  que estaba cansado de la costumbre de una de sus miembros, porque al final de cada culto, pasaba a felicitarlo por su sermón, diciéndole: "Excelente mensaje pastor, justamente era lo que necesitaban los Martínez."

Al otro domingo le decía: "Buen mensaje Pastor, espero que los Pérez ya entiendan". Y este pastor se esforzaba cada día más, por ver si esta mujer se daba cuenta que los mensajes eran también para ella, pero siempre pasaba lo mismo; siempre los aplicaba a otros.

Hasta que un día después de mucho pensar en cómo hacerlo, el pastor citó a esta mujer en el templo, y al llegar, le dijo que lo esperara mientras terminaba de practicar su mensaje para el próximo domingo. Ella aceptó, y el pastor predicó con todas sus fuerzas un sermón dedicado exclusivamente para ella; había investigado toda la vida de ella y sus problemas personales, sus pecados favoritos, todo, absolutamente todo.

Al estar predicando, el pastor veía que esta mujer ponía mucha atención a sus palabras, y movía la cabeza en señal de aprobación, a pesar de que duró mas de una hora en la predicación.

Al terminar vio que la mujer tenía tristeza y preocupación en su cara, y pensó el pastor:" Realmente le llegó el mensaje a ella, ni como escaparse esta vez. Al ver que ella no iba a felicitarlo esta vez, él preguntó: ¿Qué le pareció el Mensaje? entonces ella responde: Excelente, pero lástima que no invitó usted a los Hernández y a los López, a ellos si que les hace falta escuchar algo así.

Creo que en ocasiones así son muchos de los miembros de nuestras iglesias, aplican a todos nuestras predicaciones, menos a ellos mismos.

 

No regañar

“El que caza almas es sabio.” ¿Quieres ganar almas? No regañes ni trates a tus semejantes con torpeza.  No procures derribar todos sus prejuicios antes de haberlos llevado hacia la verdad. Algunos creen que tienen que voltear todo el andamiaje antes de que puedan comenzar a trabajar en el edificio.  Un joven predicador fue a la iglesia de un anciano pastor, y durante todo el sermón no hizo más que reprender a la congregación.  Cuando terminó, le preguntó al anciano qué tal le había parecido la predicación.  Este le dijo: “En casa tengo una vaca.  Cuando quiero leche, le doy de comer. Ni le grito ni le insulto.”

Por D.L. Moody

 

La esposa que valía ocho vacas

Varias cosas pueden cambiar a una mujer.  Cosas que ocurren adentro de su vida y cosas que ocuren afuera de ella. Pero lo que más importa es lo que ella piensa de sí misma.

Cuando desembarqué en Kiniwata, una isla en el Pacífico, llevé conmigo un cuaderno para tomar apuntes del viaje.  Al llegar a casa, mi cuaderno estuvo lleno de descripciones de la flora y fauna de la isla, las costumbres y ropa típica de los habitantes allí.  Pero el único apunte que todavía me fascina es el que dice: "Johnny Lingo pagó ocho vacas al padre de Sarita."

A la verdad, no necesito mi cuaderno para recordar el evento.  Pienso en ello cada vez que veo a una mujer despreciar a su esposo o a una esposa reducida a silencio bajo el escarnio de su esposo.  Quisiera decirles, "Necesitas saber por qué Johnny Lingo pagó ocho vacas por su esposa."

Johnny Lingo no era su nombre verdadero, pero eso es el nombre que Shenkin, el gerente de la casa de huespedes en Kiniwata, lo llamó.  Shenkin era de Chicago y siempre daba nombres Americanos a todos los isleños.  Pero Johnny era el mencionado por muchas personas en varias ocasiones.  Me dijeron que si deseaba pasar algunos días en la isla vecina de Nurabandi, Johnny Lingo tenía alojamiento. Si quería pescar, él podía indicarme por dónde.  Si buscaba perlas, él podía traerme las mejores.  Toda la gente de Kiniwata hablaban bien de Johnny Lingo, pero a la vez, sonreían cuando se mencionaba su nombre en una manera casi de burla.

"Deje que Johnny Lingo le ayude encontrar lo que quiere comprar, y también déjele hacer el negocio," avisó Shenkin.  "Johnny sabe hacer un buen trato."

"¡Johnny Lingo!"  Un chico sentado cerca abucheó el nombre y se partió de risa.

"¿Qué pasa?" pregunté.  "Todo el mundo me dice que Johnny Lingo es el hombre que puede ayudarme, pero a la vez se ríen de él.  ¿Cuál es la broma?"

"Oh, nada.  A la gente de aquí les gusta reírse," dijo Shenkin, encogiéndose de hombros.  "Johnny es el más listo y el jóven más fuerte de las islas, y por su edad,  es uno de los más ricos."

"Pero si él es todo lo que me dicen, ¿porqué se reían de él?"

"Por una sola cosa.  Hace cinco meses, en el festival de otoño, Johnny llegó a Kiniwata y encontró a una esposa.  ¡Pagó ocho vacas a su padre por ella!"

Me impresionó esto porque sabía de las costumbres de la isla.  Dos o tres vacas compraríán a una esposa regular, y cuatro o cinco vacas comprarían a una muy buena.

"¡Ocho vacas!  Debe ser una mujer bellísima."

"No es fea," concedió Shenkin, con una pequeña sonrisa,  "Pero el más bondadoso solamente podía llamarla ordinaria.  Sam Karoo, su padre, tenía miedo de quedarse con una solterona."

"Pero entonces, ¿por qué  pagó ocho vacas por ella?  ¿No dices que ella no es más que ordinaria?"

Nunca en las islas se había oído de algo semejante.

"Dije que sería generoso llamarla ordinaria.  Es  flaca.  Camina con sus hombros encorvados y cabeza agachada.  Tiene miedo aún de su propia sombra."

"Bueno pues," dije, "supongo que no hay quien explique las cosas del amor."

"Verdad, y es por eso que los isleños se ríen cuando hablan de Johnny.  El mejor negociante de las islas y engañado por el viejo torpe, Sam Karoo."

"Pero, ¿cómo?"

"Nadie sabe y todos quieren saber.  Al conocer que Johnny venía a pedir a Sam por su hija, los primos  presionaron a Sam a pedir tres vacas por ella.  Realmente pensaban recibir dos pero una vaca hubiera sido aceptable bajo las circunstancias.  Pero, Johnny  sorprendió a todos al ir donde Sam Karoo anunciando, "Sam Karoo, padre de Sarita, ofrezco OCHO VACAS por su hija."

"¡Ocho vacas!  Yo quería conocer a este Johnny Lingo."

La próxima tarde llegué a la playa de Nurabandi.  Me di cuenta cuando pedí la dirección a la casa de Johnny que nadie en Nurabandi se burlaba.  Al encontrar al hombre delgado, joven y  serio,  me recibió con buen gusto.  Vi que  tenía el respeto de todos en el pueblo.  En Nurabandi nadie hacía burlas.  Conversamos en su casa.  El me preguntó, ¿Usted vino de Kiniwata?

"Si."

"¿Hicieron mención de mí en la isla?"

"Me dicen que usted puede ayudarme conseguir todas las cosas que quiero en las islas."

El se sonrió suavemente.  "Mi esposa viene de Kiniwata."

"Sí, me dijeron."

"¿Hablan de ella en Kiniwata?"

"Un poco."

"¿Qué dicen?"

"Oh, que..."  La pregunta me sorprendió.  "...me dijeron que ustedes se casaron durante el tiempo del  Festival."

"¿Nada más?"  Sus ojos me indicaban que sabía más de lo que decía.

"También cuentan que el acuerdo matrimonial fue de ocho vacas.  Muchos se preguntan la razón."

"¿De veras preguntan eso?"  Sus ojos se alumbraron con placer.  "¿Cada persona en Kiniwata sabe de las ocho vacas?"

Asentí con la cabeza.

"Y en Nurabandi también todo el mundo lo sabe."  Su pecho expandió con satisfacción.  "Desde ahora y para siempre, cuando conversen de acuerdos matrimoniales, se acordarán que Johnny Lingo pagó ocho vacas por su esposa Sarita."

Pensé, ¡ah, allí está la respuesta, lo hizo por vanidad!

Fue entonces que la vi.  La miré entrar al cuarto para poner flores en la mesa.  Ella se detuvo por un momento y sonrió al hombre sentado a mi lado.  Después salió ligeramente.  Era la mujer más bella que jamás había visto.  Tenía sus hombros elevados.  Su cara se inclinaba hacia arriba.  Sus ojos brillaban.  Todo aspecto de ella indicaba un aprecio de si misma.  Nadie podía quitarle esa confianza en si misma.  Era su derecho.

Entonces, de nuevo dirigí mi atención a Johnny Lingo.  El me miraba. 

"Ella...ella es gloriosa.  Pero no es la Sarita de la isla Kiniwata," dije yo.

Johnny dijo -"Hay una sola Sarita.  Es posible que no parezca cómo ellos la veían en Kiniwata."

-"Tiene razón.  Me dijieron que era ordinaria.  Se burlan de usted por el engaño de Sam Karoo."

-"¿Usted piensa que ocho vacas son demasiadas por ella?"  El me sonrió.

-Yo dije... de acuerdo a la costumbre, si.

"¿Nunca has pensado lo qué significa a una mujer el saber que su esposo la haya comprado por el precio más bajo posible?  Y, después, cuando las mujeres se ponen a conversar, hablan de cuanto pagaron sus esposos por ellas.  Una dice cuatro vacas, otra tal vez seis.  ¿Cómo se siente la mujer vendida por una o dos vacas?  Eso no podía pasar a mi Sarita."

"Entonces, ¿lo hizo para hacer feliz a su esposa?"

"Sí, quería la felicidad de Sarita, pero quería más que eso.  Usted observa que ella es diferente.  Es verdad.  Muchas cosas pueden cambiar a una mujer--cosas de adentro, cosas de afuera.  Pero lo que importa más es lo que ella piensa de sí misma. En Kiniwata, Sarita creía que no tenía valor.  Ahora, sabe que vale más que todas las otras mujeres en las islas."

"Entonces, usted quiso..."

"Quise casarme con Sarita.  La amo."

"Pero..."  Casi entendía.

"Pero," él terminó suavemente, "también quería una mujer que costara ocho vacas."
 

--Traducido del artículo "Eight-Cow Wife" por Patricia McGerr en Christian Reader.

 

La gran piedra

Un pequeño niño pasaba la mañana del sábado jugando en su caja de arena. Él tenía consigo sus carros y camiones, su cubeta plástica, y una brillante y roja pala de plástico.

Mientras construía carreteras y túneles en la suave arena, el descubrió una gran piedra, larga, en medio de la caja de arena. El niño cavó alrededor de la piedra, tratando de sacarla de la arena. Con algo de esfuerzo, el empujó y movió la piedra dentro de la caja de arena usando sus pies. (El era un niño muy pequeño y la piedra era muy larga.) Aunque el niño llevó la piedra hasta la orilla de la caja de arena, encontró que no podía levantarla y pasarla por arriba de la pequeña pared.

Decidido, el pequeño niño empujó, levantó, y subió la piedra con una palanca, pero cada vez que él pensaba que había logrado algún progreso, la piedra se volcaba y caía de nuevo en la caja de arena. El pequeño niño gruñó, luchó, empujó y levantó – pero su única recompensa fue tener su piedra de regreso, haciendo pedazos sus pequeños dedos. Finalmente el estalló en lágrimas de frustración.

Todo este tiempo el padre del niño estuvo observando, desde la ventana de la sala, cómo se desarrollaba el drama. En el momento en que las lágrimas empezaron a correr, una larga sombra caló sobre el niño y la caja de arena. Era el padre del niño. Dulce pero firmemente él dijo, "Hijo, ¿porqué no usaste toda la fuerza que tenías disponible?

Derrotado, el niño susurró, " Pero si lo hice, papi, lo hice! Usé toda la fuerza que tenía!"

"No, hijo," corrigió el padre amablemente. "Tú no usaste toda la fuerza que tenías. Tu no me pediste ayuda."

Con esas palabras el se agachó, levantó la piedra, y la sacó de la caja de arena.


Aplicación

¿Tienes "piedras" en tu vida que necesitan ser removidas? ¿Estás descubriendo que no tienes lo que se necesita para levantarlas? Dios siempre está disponible para nosotros y está dispuesto a darnos la fuerza que necesitamos para sobrepasar los obstáculos y alcanzar grandes cosas para Él. "Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones." (Salmo 46:1)


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Ilustraciones

                     Sección 21

  En esta sección te presentamos las siguientes ilustraciones:

  Mansiones en el cielo
 
Le dio el jamón más...
 
El rabino y la plata
 
Víboras en su sepulcro
 
3 clases de ateos
 
¿Por qué ir a la iglesia?
 
Un mensaje para otros
 
No regañar
 
Esposa que valía 8 vacas
 
La gran piedra

                     Nota

Estas ilustraciones te  invitarán  a la reflexión, y es posible que algunas te hagan emocionar hasta las lágrimas.

Si tienes alguna ilustración, envíala a través de nuestro correo electrónico. Prometemos publicarla y darte el crédito correspondiente. 

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