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El asno sesudo
 
Cierto Burro pacía
En la fresca y hermosa pradería
Con tanta paz como si aquella tierra 
No fuese entonces teatro de la guerra. 
Su dueño, que con miedo lo guardaba, 
De centinela en la ribera estaba. 
Divisa al enemigo en la llanura,
Baja, y al buen Borrico le conjura 
Que huya precipitado.
El Asno, muy sesudo y reposado, 
Empieza a andar a paso perezoso. 
Impaciente su dueño y temeroso 
Con el marcial ruido
De bélicas trompetas al oído,
Le exhorta con fervor a la carrera. 
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera; 
Que llegue en hora buena Marte fiero; 
Me rindo, y él me lleva prisionero. 
¿Servir aquí o allí no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda; 
Siempre seré un esclavo con albarda.» 
No estuvo más en sí ni más entero 
Que el buen Pollino Amiclas el Barquero, 
Cuando en su humilde choza le despierta 
César, con sus soldados a la puerta,
Para que a la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quien no temblase 
Entre los poderosos
De insultos militares horrorosos 
De la guerra enemiga?
 
No hay sino la pobreza que consiga 
Esta gran exención: de aquí le viene. 
Nada teme perder quien nada tiene.

 

 
A una Tortuga una Águila arrebata;
La ladrona se apura y desbarata 
Por hacerla pedazos,
Ya que no con la garra, a picotazos. 
Viéndola una Corneja en tal faena, 
La dice: «En vano tomas tanta pena: 
¿No ves que es la Tortuga, cuya casa 
Diente, cuerno ni pico la traspasa, 
Y si siente que llaman a su puerta,
Se finge la dormida, sorda o muerta?»
«Pues ¿qué he de hacer?» 
«Remontarás tu vuelo,
Y en mirándote allá cerca del cielo 
La dejarás caer sobre un peñasco,
Y se hará una tortilla el duro casco.» 
La Águila, porque diestra lo ejecuta, 
Y la Corneja astuta,
Por autora de aquella maravilla, 
juntamente comieron la tortilla.
 
¿Qué podrá resistirse a un poderoso 
Guiado de un consejo malicioso?
De estos tales se aparta el que es prudente; 
Y así por escaparse de esta gente
Las descendientes de la tal Tortuga 
A cuevas ignoradas hacen fuga.
 

 

El lobo y la cigüeña
 
Sin duda alguna que se hubiera ahogado 
Un Lobo con un hueso atragantado,
Si a la sazón no pasa una Cigüeña. 
El paciente la ve, hácela seña; 
Llega, y ejecutiva,
Con su pico, jeringa primitiva, 
Cual diestro cirujano,
Hizo la operación y quedó sano. 
Su salario pedía,
Pero el ingrato Lobo respondía:
«¿Tu salario? Pues ¿qué más recompensa 
Que el no haberte causado leve ofensa, 
Y dejarte vivir para que cuentes
Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
Marchó por evitar una desdicha, 
Sin decir tus ni mus, la susodicha. 
 
Haz bien, dice el proverbio castellano, 
Y no sepas a quién; pero es muy llano 
Que no tiene razón ni por asomo: 
Es menester saber a quién y cómo. 
El ejemplo siguiente 
Nos hará esta verdad más evidente.

 

El pescador y el pez
 
Recoge un Pescador su red tendida, 
Y saca un pececillo. «Por tu vida, 
Exclamó el inocente prisionero, 
Dame la libertad: sólo la quiero, 
Mira que no te engaño,
Porque ahora soy ruín; dentro de un año 
Sin duda lograrás el gran consuelo
De pescarme más grande que mi abuelo. 
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto? 
Sólo por otro tanto
A un hermanito mío
Un Señor pescador lo tiró al río.» 
«¿Por otro tanto al río? ¡qué manía! 
Replicó el pescador: 
 
¿pues no sabía 
Que el refrán castellano
Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...! 
A sartén te condeno; que mi panza 
No se llena jamás con la esperanza.»

 

 
Sin Rey vivía, libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente. 
La amable libertad sola reinaba
En la inmensa laguna que habitaba; 
Mas las Ranas al fin un Rey quisieron, 
A Júpiter excelso lo pidieron; 
Conoce el dios la súplica importuna, 
Y arroja un Rey de palo a la laguna: 
Debió de ser sin duda buen pedazo, 
Pues dio su majestad tan gran porrazo, 
Que el ruido atemoriza al reino todo; 
Cada cual se zambulle en agua o lodo, 
Y quedan en silencio tan profundo 
Cual si no hubiese ranas en el mundo. 
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, 
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga 
A recurrir al dios humildemente. 
 
«Padeced, les responde, eternamente; 
Que así castigo a aquel que no examina 
Si su solicitud será su ruina.»

 

 
«¡Ah! ¡quién fuese Caballo!
Un Asno melancólico decía; 
Entonces sí que nadie me vería 
Flaco, triste y fatal como me hallo. 
Tal vez un caballero
Me mantendría ocioso y bien comido, 
Dándose su merced por muy servido 
Con corvetas y saltos de carnero.
Trátanme ahora como vil y bajo; 
De risa sirve mi contraria suerte; 
Quien me apalea más, más se divierte, 
Y menos como cuando más trabajo.
No es posible encontrar sobre la tierra 
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, 
Cuando al Caballo ve cómo pasaba, 
Con su jinete y armas, a la guerra.
Entonces conoció su desatino, 
Rióse de corvetas y regalos,
Y dijo: 
«Que trabaje y lluevan palos, 
No me saquen los dioses de Pollino.»

 

 
Uno de los corderos mamantones, 
Que para los glotones
Se crían, sin salir jamás al prado, 
Estando en la cabaña muy cerrado, 
Vio por una rendija de la puerta 
Que el caballero Lobo estaba alerta, 
En silencio esperando astutamente 
Una calva ocasión de echarle el diente. 
Mas él, que bien seguro se miraba, 
Así lo provocaba:
«Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso,
Porque sabe el pastor que soy travieso; 
Mas si él no fuese bobo,
No habría ya en el mundo ningún Lobo. 
Pues yo corriendo libre por los cerros, 
Sin pastores ni perros,
Con sólo mi pujanza y valentía 
Contigo y con tu raza acabaría.» 
«Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza
De regalar a mi vacía panza. 
Cuando este miserable me provoca 
Es señal de que se halla de mi boca 
Tan libre como el cielo de ladrones.» 
 
Así son los cobardes fanfarrones,
Que se hacen en los puestos ventajosos 
Más valentones cuanto más medrosos.

 

 
Perseguía un Caballo vengativo
A un Ciervo que le hizo leve ofensa; 
Mas hallaba segura la defensa
En veloz carrera el fugitivo.
El vengador, perdida la esperanza 
De alcanzarlo, y lograr así su intento, 
Al hombre le pidió su valimiento 
Para tomar del ofensor venganza.
Consiente el hombre, y el Caballo airado 
Sale con su jinete a la campaña;
Corre con dirección, sigue con maña, 
Y queda al fin del ofensor vengado. 
Muéstrase al bienhechor agradecido; 
Quiere marcharse libre de su peso;
Mas desde entonces mismo quedó preso, 
Y eternamente al hombre sometido.
 
El Caballo que suelto y rozagante 
En el frondoso bosque y prado ameno 
Su libertad gozaba tan de lleno, 
Padece sujeción desde ese instante.
Oprimido del yugo ara la tierra; 
Pasa tal vez la vida más amarga; 
Sufre la silla, freno, espuela, carga, 
Y aguanta los horrores de la guerra.
 
En fin perdió la libertad amable 
Por vengar una ofensa solamente. 
Tales los frutos son que ciertamente 
Produce la venganza detestable.

 

 
Tenían dos Ranas
Sus pastos vecinos, 
Una en un estanque, 
Otra en el camino. 
Cierto día a ésta 
Aquélla la dijo:
«¡Es creíble, amiga, 
De tu mucho juicio, 
Que vivas contenta 
Entre los peligros, 
Donde te amenazan, 
Al paso preciso, 
Los pies y las ruedas 
Riesgos infinitos!
Deja tal vivienda; 
Muda de destino; 
Sigue mi dictamen 
Y vente conmigo.» 
En tono de mofa, 
Haciendo mil mimos, 
Respondió a su amiga: 
«¡Excelente aviso!
¡A mí novedades! 
Vaya, ¡qué delirio! 
Eso sí que fuera 
Darme el diablo ruido. 
¡Yo dejar la casa
Que fue domicilio 
De padres, abuelos 
Y todos los míos, 
Sin que haya memoria 
De haber sucedido 
La menor desgracia 
Desde luengos siglos!» 
«Allá te compongas; 
Mas ten entendido 
Que tal vez sucede
Lo que no se ha visto.» 
Llegó una carreta
A este tiempo mismo, 
Y a la triste Rana 
Tortilla la hizo.
 
Por hombres de seso 
Muchos hay tenidos, 
Que a nuevas razones 
Cierran los oídos. 
Recibir consejos
Es un desvarío;
La rancia costumbre 
Suele ser su libro.


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Fábulas

                     Sección 11

En esta sección te presentamos las siguientes fábulas:

el asno sesudo
La águila, la corneja y la tortuga
El lobo y la cigüeña
El pescador y el pez
Las ranas pidiendo rey
El asno y el caballo
El cordero y el lobo
El caballo y el ciervo
Las dos ranas

                      Nota

¿Qué es la fábula?  Viene del latín, (fabula, relato) Es un relato generalmente en verso que oculta una enseñanza moral bajo el   velo de una ficción, dicha enseñanza  lleva el nombre de  moraleja.

Las fábulas en esta sección son del fabulista español Félix María de Samaniego

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