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El
Soldadito de Plomo
Había
una vez un juguetero que fabricó un ejército de soldaditos de
plomo, muy derechos y elegantes. Cada uno llevaba un fusil al
hombro, una chaqueta roja, pantalones azules y un sombrero negro
alto con una insignia dorada al frente. Al juguetero no le
alcanzó el plomo para el último soldadito y lo tuvo que dejar
sin una pierna.
Pronto, los soldaditos se encontraban en la vitrina de una
tienda de juguetes. Un señor los compró para regalárselos a su
hijo de cumpleaños. Cuando el niño abrió la caja, en presencia
de sus hermanos, el soldadito sin pierna le llamó mucho la
atención.
El soldadito se encontró de pronto frente a un castillo de
cartón con cisnes flotando a su alrededor en un lago de espejos.
Frente a la entrada había una preciosa bailarina de papel.
Llevaba una falda rosada de tul y una banda azul sobre la que
brillaba una lentejuela. La bailarina tenía los brazos alzados y
una pierna levantada hacia atrás, de tal manera que no se le
alcanzaba a ver. ¡Era muy hermosa!
"Es la chica para mí", pensó el soldadito de plomo, convencido
de que a la bailarina le faltaba una pierna como a él. Esa
noche, cuando ya todos en la casa se habían ido a dormir, los
juguetes comenzaron a divertirse. El cascanueces hacía piruetas
mientras que los demás juguetes bailaban y corrían por todas
partes.
Los únicos juguetes que no se movían eran el soldadito de plomo
y la hermosa bailarina de papel. Inmóviles, se miraban el uno al
otro. De repente, dieron las doce de la noche. La tapa de la
caja de sorpresas se abrió y de ella saltó un duende con
expresión malvada.
-¿Tú qué miras, soldado? -gritó. El soldadito siguió con la
mirada fija al frente.
-Está bien. Ya verás lo que te pasará mañana -anunció el duende.
A la mañana siguiente, el niño jugó un rato con su soldadito de
plomo y luego lo puso en el borde de la ventana, que estaba
abierta. A lo mejor fue el viento, o quizás fue el duende malo,
lo cierto es que el soldadito de plomo se cayó a la calle.
El niño corrió hacia la ventana, pero desde el tercer piso no se
alcanzaba a ver nada.
-¿Puedo bajar a buscar a mi soldadito? -preguntó el niño a la
criada. Pero ella se negó, pues estaba lloviendo muy fuerte para
que el niño saliera. La criada cerró la ventana y el niño tuvo
que resignarse a perder su juguete.
Afuera, unos niños de la calle jugaban bajo la lluvia. Fueron
ellos quienes encontraron al soldadito de plomo cabeza abajo,
con el fusil clavado entre dos adoquines.
-¡Hagámosle un barco de papel! -gritó uno de los chicos. Llovía
tan fuerte que se había formado un pequeño río por los bordes de
las calles. Los chicos hicieron un barco con un viejo periódico,
metieron al soldadito allí y lo pusieron a navegar.
El sodadito permanecía erguido mientras el barquito de papel se
dejaba llevar por la corriente. Pronto se metió en una
alcantarilla y por allí siguió navegando.
"¿A dónde iré a parar?" pensó el soldadito. "El culpable de esto
es el duende malo. Claro que no me importaría si estuviera
conmigo la hermosa bailarina."
En ese momento, apareció una rata enorme.
-¡Alto ahí! -gritó con voz chillona-. Págame el peaje.
Pero el soldadito de plomo no podía hacer nada para detenerse.
El barco de papel siguió navegando por la alcantarilla hasta que
llegó al canal. Pero, ya estaba tan mojado que no pudo seguir a
flote y empezó a naufragar. Por fin, el papel se deshizo
completamente y el erguido soldadito de plomo se hundió en el
agua. Justo antes de llegar al fondo, un pez gordo se lo tragó.
-¡Qué oscuro está aquí dentro! -dijo el soldadito de plomo-.
¡Mucho más oscuro que en la caja de juguetes!
El pez, con el soldadito en el estómago, nadó por todo el canal
hasta llegar al mar. El soldadito de plomo extrañaba la
habitación de los niños, los juguetes, el castillo de cartón y
extrañaba sobre todo a la hermosa bailarina.
"Creo que no los volveré a ver nunca más", suspiró con tristeza.
El soldadito de plomo no tenía la menor idea de dónde se
hallaba. Sin embargo, la suerte quiso que unos pescadores
pasaran por allí y atraparan al pez con su red.
El barco de pesca regresó a la ciudad con su cargamento. Al poco
tiempo, el pescado fresco ya estaba en el mercado; justo donde
hacía las compras la criada de la casa del niño. Después de
mirar la selección de pescados, se decidió por el más grande: el
que tenía al soldadito de plomo adentro.
La criada regresó a la casa y le entregó el pescado a la
cocinera.
-¡Qué buen pescado! -exclamó la cocinera.
Enseguida, tomó un cuchillo y se dispuso a preparar el pescado
para meterlo al horno.
-Aquí hay algo duro -murmuró. Luego, llena de sorpresa, sacó al
soldadito de plomo.
La criada lo reconoció de inmediato.
-¡Es el soldadito que se le cayó al niño por la ventana!
-exclamó.
El niño se puso muy feliz cuando supo que su soldadito de plomo
había aparecido. El soldadito, por su parte, estaba un poco
aturdido. Había pasado tanto tiempo en la oscuridad. Finalmente,
se dio cuenta de que estaba de nuevo en casa. En la mesa vio los
mismos juguetes de siempre, y también el castillo con el lago de
espejos. Al frente estaba la bailarina, apoyada en una pierna.
Habría llorado de la emoción si hubiera tenido lágrimas, pero se
limitó a mirarla. Ella lo miraba también.
De repente, el hermano del niño agarró al soldadito de plomo
diciendo:
-Este soldado no sirve para nada. Sólo tiene una pierna. Además,
apesta a pescado.
Todos vieron aterrados cómo el muchacho arrojaba al soldadito de
plomo al fuego de la chimenea. El soldadito cayó de pie en medio
de las llamas. Los colores de su uniforme desvanecían a medida
que se derretía. De pronto, una ráfaga de viento arrancó a la
bailarina de la entrada del castillo y la llevó como a un ave de
papel hasta el fuego, junto al soldadito de plomo. Una llamarada
la consumió en un segundo.
A la mañana siguiente, la criada fue a limpiar la chimenea. En
medio de las cenizas encontró un pedazo de plomo en forma de
corazón. Al lado, negra como el carbón, estaba la lentejuela de
la bailarina.
FIN
El
Sastrecillo Valiente
Una mañana de primavera se encontraba un humilde sastrecillo
sentado junto a su mesa, al lado de la ventana. Estaba de buen
humor y cosía con entusiasmo; en esto, una campesina pasaba por
la calle pregonando su mercancía:
-¡Vendo buena mermelada! ¡Vendo buena mermelada!
Esto sonaba a gloria en los oídos del sastrecillo, que asomó su
fina cabeza por la ventana y llamó a la vendedora:
-¡Venga, buena mujer, que aquí la aliviaremos de su mercancía!
Subió la campesina las escaleras que llevaban hasta el taller
del sastrecillo con su pesada cesta a cuestas; tuvo que sacar
todos los tarros que traía para enseñárselos al sastre. Éste los
miraba y los volvía a mirar uno por uno, metiendo en ellos las
narices; por fin, dijo:
-La mermelada me parece buena, así que pésame dos onzas, buena
mujer, y si llegas al cuarto de libra, no vamos a discutir por
eso.
La mujer, que esperaba una mejor venta, le dio lo que pedía y se
marchó malhumorada y refunfuñando:
-¡Muy bien -exclamó el sastrecillo-, que Dios me bendiga esta
mermelada y me dé salud y fuerza!
Y, sacando un pan de la despensa, cortó una rebanada grande y la
untó de mermelada.
-Parece que no sabrá mal -se dijo-; pero antes de probarla,
terminaré este jubón.
Dejó la rebanada de pan sobre la mesa y continuó cosiendo; y tan
contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas.
Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía de la mermelada
se extendía por la habitación, hasta las paredes donde las
moscas se amontonaban en gran número; éstas, sintiéndose
atraídas por el olor, se lanzaron sobre el pan como un verdadero
enjambre.
-¡Eh!, ¿quién os ha invitado? -gritó el sastrecillo, tratando de
espantar a tan indeseables huéspedes.
Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle
caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas. El
sastrecillo, por fin, perdió la paciencia; irritado, cogió un
trapo y, al grito de: «¡Esperad, que ya os daré!», descargó sin
compasión sobre ellas un golpe tras otro. Al retirar el trapo y
contarlas, vio que había liquidado nada menos que a siete
moscas.
-¡Vaya tío estás hecho! -exclamó, admirado de su propia
valentía-; esto tiene que saberlo toda la ciudad.
Y, a toda prisa, el sastrecillo cortó un cinturón a su medida,
lo cosió y luego le bordó en grandes letras: «¡Siete de un
golpe!»
-¡Qué digo la ciudad! -añadió-; ¡el mundo entero tiene que
enterarse de esto! -y su corazón palpitaba de alegría como el
rabo de un corderillo.
Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir al mundo,
convencido de que su taller era demasiado pequeño para su
valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa
a ver si encontraba algo que pudiera llevarse; pero sólo
encontró un queso viejo, que se metió en el bolsillo. Frente a
la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y
también se lo guardó en el bolsillo, junto al queso. Luego se
puso valientemente en camino y, como era delgado y ágil, no
sentía ningún cansancio.
El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo más
alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado,
mirando plácidamente el paisaje. El sastrecillo se le acercó con
atrevimiento y le dijo:
-¡Buenos días, camarada! ¿Qué tal? Estás contemplando el ancho
mundo, ¿no? Hacia él voy yo precisamente, en busca de fortuna.
¿Quieres venir conmigo?
El gigante miró al sastrecillo con desprecio y le dijo:
-¡Quítate de mi vista, imbécil! ¡Miserable criatura...!
-¿Ah, sí? -contestó el sastrecillo, y, desabrochándose la
chaqueta, le enseñó el cinturón-; ¡aquí puedes leer qué clase de
hombre soy!
El gigante leyó: «Siete de un golpe» y, pensando que se trataba
de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de
respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba: agarró una
piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.
-¡A ver si lo haces -dijo-, ya que eres tan fuerte!
-¿Nada más que eso? -preguntó el sastrecillo-. ¡Para mí es un
juego de niños!
Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó
hasta sacarle todo el jugo.
-¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?
El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que
hiciera tal cosa aquel hombrecillo. Tomando entonces otra
piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla.
-Anda, hombrecito, a ver si haces algo parecido.
-Un buen tiro -dijo el sastrecillo-, aunque la piedra volvió a
caer a tierra. Ahora verás.
Y sacando al pájaro del bolsillo, lo lanzó al aire. El pájaro,
encantado de verse libre, se elevó por los aires y se perdió de
vista.
-¿Qué te pareció este tiro, camarada? -preguntó el sastrecillo.
-Tirar piedras sí que sabes -admitió el gigante-. Ahora veremos
si puedes soportar alguna carga digna de este nombre.
Y llevando al sastrecillo hasta un majestuoso roble que estaba
derribado en el suelo, le dijo:
-Si eres verdaderamente fuerte, ayúdame a sacar este árbol del
bosque.
-Con mucho gusto -respondió el sastrecillo-. Tú, cárgate el
tronco al hombro y yo me encargaré de la copa, que es lo más
pesado .
En cuanto el gigante se echó al hombro el tronco, el sastrecillo
se sentó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía
volverse, tuvo que cargar también con él, además de todo el peso
del árbol. El sastrecillo iba de lo más contento allí detrás y
se puso a tararear la canción: «Tres sastres cabalgaban a la
ciudad», como si el cargar árboles fuese un juego de niños.
El gigante, después de llevar un buen trecho la pesada carga, no
pudo más y gritó:
-¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!
El sastrecillo saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los
dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y
dijo:
-¡Un grandullón como tú y ni siquiera puedes cargar con un
árbol!
Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante,
agarrando la copa, donde cuelgan las frutas más maduras, inclinó
el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo
a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para
sujetar el árbol y, en cuanto lo soltó el gigante, volvió a
enderezarse, arrastrando al sastrecillo por los aires. Cayó al
suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:
-¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar esa delgada
varilla?
-No es que me falten fuerzas -respondió el sastrecillo-. ¿Crees
que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un
golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos
cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú
lo mismo, si puedes!
El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas;
de modo que también esta vez el sastrecillo se llevó la
victoria. Dijo entonces el gigante:
-Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra cueva y pasa la
noche con nosotros.
El sastrecillo aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron
a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al
fuego; cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba
comiendo. El sastrecillo miró a su alrededor y pensó: «Esto es
mucho más espacioso que mi taller».
El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir.
La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito;
así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón.
A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría
profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra
de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego
volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para
siempre a tan impertinente saltarín. A la mañana siguiente, los
gigantes, sin acordarse ya del sastrecillo, se disponían a
marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron venir hacia
ellos tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más
de lo que podían soportar y, creyendo que iba a matarlos a
todos, salieron corriendo, cada uno por su lado.
El sastrecillo prosiguió su camino, siempre a la buena de Dios.
Tras mucho caminar, llegó al jardín del palacio real y, como se
sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras
dormía, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron de
arriba a abajo y leyeron en el cinturón: «Siete de un golpe».
-¡Ah! -exclamaron-. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de
guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso
caballero.
Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su
opinión sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra
y que, en modo alguno, debía perder la oportunidad de ponerlo a
su servicio. Al rey le complació el consejo y envió a uno de sus
nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El
emisario permaneció junto al durmiente y, cuando vio que abría
los ojos y despertaba, le comunicó la propuesta del rey.
-Precisamente por eso he venido aquí -respondió el sastrecillo-.
Estoy dispuesto a servir al rey.
Así que lo recibieron con todos los honores y le prepararon una
residencia especial para él.
Pero los soldados del rey estaban molestos con él y deseaban
verlo a mil leguas de distancia.
-¿Qué ocurrirá? -comentaban entre sí-. Si nos peleamos con él y
nos ataca, a cada golpe derribará a siete. Eso no lo
resistiremos.
Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que
los licenciase del ejército.
-No estamos preparados -le dijeron- para estar al lado de un
hombre capaz de matar a siete de un golpe.
El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a
perder a todos sus fieles servidores. Se lamentaba de haber
visto al sastrecillo y, gustosamente, se habría desembarazado de
él; pero no se atrevía a hacerlo, por miedo a que lo matara
junto a todos los suyos y luego ocupase el trono. Estuvo
pensándolo largamente hasta que, por fin, encontró una solución.
Mandó decir al sastrecillo que, siendo tan poderoso guerrero,
tenía una propuesta que hacerle: en un bosque del reino vivían
dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos,
asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía
acercárseles sin correr peligro de muerte. Si él lograba vencer
y exterminar a estos dos gigantes, recibiría la mano de su hija
y la mitad del reino como dote nupcial; además, cien jinetes lo
acompañarían y le prestarían su ayuda.
«¡No está mal para un hombre como tú!» -se dijo el sastrecillo-.
«Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino
es cosa que no sucede todos los días».
-Claro que acepto -respondió-. Acabaré muy pronto con los dos
gigantes. Y no necesito a los cien jinetes. El que derriba a
siete de un solo golpe no tiene por qué asustarse con dos.
Así, pues, el sastrecillo se puso en marcha, seguido por los
cien jinetes. Al llegar al lindero del bosque, dijo a sus
acompañantes:
-Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.
Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar por
todas partes. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes:
estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que
las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecillo, ni
corto ni perezoso, se llenó los bolsillos de piedras y trepó al
árbol. Antes de llegar a la copa se deslizó por una rama hasta
situarse justo encima de los durmientes; entonces fue tirando a
uno de los gigantes una piedra tras otra, apuntándole al pecho.
El gigante, al principio, no sintió nada, pero finalmente
reaccionó dando un empujón a su compañero y diciéndole:
-¿Por qué me pegas?
-Estás soñando -dijo el otro-; yo no te estoy pegando.
De nuevo se volvieron a dormir y, entonces, el sastrecillo le
tiró una piedra al otro.
-¿Qué significa esto? -gruñó el gigante-. ¿Por qué me tiras
piedras?
-No te he tirado ninguna piedra -refunfuñó el primero.
Aún estuvieron discutiedo un buen rato; pero como los dos
estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y volvieron a
cerrar los ojos. El sastrecillo siguió con su peligroso juego.
Esta vez, eligiendo la piedra más grande, se la tiró con toda su
fuerza al primer gigante, dándole en todo el pecho.
-¡Esto ya es demasiado! -gritó furioso el gigante. Y saltando
como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal
fuerza contra el árbol, que lo hizo temblar. El otro le pagó con
la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron
de cuajo dos árboles enteros y estuvieron golpeándose con ellos
hasta que ambos cayeron muertos al mismo tiempo. Entonces bajó
del árbol el sastrecillo.
-Es una suerte que no hayan arrancado el árbol en que me
encontraba -se dijo-, pues habría tenido que saltar a otro como
una ardilla; menos mal que soy ágil.
Y, desenvainando la espada, asestó unos buenos tajos a cada uno
en el pecho. Enseguida se fue a ver a los jinetes y les dijo:
-Se acabaron los gigantes, aunque debo reconocer que ha sido un
trabajo verdaderamente duro: desesperados, se pusieron a
arrancar árboles para defenderse; pero, cuando se tiene enfrente
a alguien como yo, que mata a siete de un golpe, no hay nada que
valga.
-¿Y no estás herido? -preguntaron los jinetes.
-No piensen tal cosa -dijo el sastrecillo-; no me tocaron ni un
pelo.
Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque
y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia
sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo.
El sastrecillo se presentó al rey para exigirle la recompensa
ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera
de deshacerse del héroe.
-Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino
-le dijo-, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. En el
bosque se encuentra un unicornio que hace grandes estragos y
debes capturarlo primero.
-Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes -respondió el
sastrecillo- Siete de un golpe: ésa es mi especialidad.
Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de
haber rogado a sus escoltas que lo esperasen fuera. No tuvo que
buscar mucho: el unicornio se presentó de pronto y lo embistió
ferozmente, decidido a atravesarlo con su único cuerno sin
ningún tipo de contemplaciones.
-Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas -dijo el
sastrecillo.
Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el
unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás
del árbol. Como el unicornio había embestido con toda su fuerza,
el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente que, por más
que lo intentó, ya no pudo sacarlo y quedó aprisionado.
-¡Ya cayó el pajarillo! -dijo el sastre.
Y saliendo de detrás del árbol, ató la cuerda al cuello del
unicornio y cortó el cuerno de un hachazo; cogió al animal y se
lo presentó al rey.
Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió
un tercer trabajo: antes de que la boda se celebrase, el
sastrecillo tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el
bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda
de los cazadores.
-¡No faltaba más! -dijo el sastrecillo-. ¡Si es un juego de
niños!
Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría
de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en
otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse a él
de nuevo. Tan pronto vio al sastrecillo, el jabalí se lanzó
sobre él con sus afilados colmillos echando espuma por la boca.
A punto de alcanzarlo, el ágil héroe huyó a todo correr en
dirección hacia una ermita que estaba en las cercanías; entró en
ella y, de un salto, pudo salir por la ventana del fondo. El
jabalí había entrado tras él en la ermita; pero ya el
sastrecillo había dado la vuelta y le cerró la puerta de un
golpe, con lo que el enfurecido animal quedó apresado, pues era
demasiado torpe y pesado como para saltar por la ventana. El
sastrecillo se apresuró a llamar a los cazadores, para que
contemplasen al animal en su prisión.
El rey, acabadas todas sus tretas, tuvo que cumplir su promesa y
le dio al sastrecillo la mano de su hija y la mitad de su reino,
celebrándose la boda con gran esplendor, aunque con no demasiada
alegría. Y así fue como se convirtió en todo un rey el
sastrecillo valiente.
Pasado algún tiempo, la joven reina oyó a su esposo hablar en
sueños:
-Mozo, cóseme la chaqueta y echa un remiendo al pantalón, si no
quieres que te dé entre las orejas con la vara de medir.
Entonces la joven se dio cuenta de la baja condición social de
su esposo, yéndose a quejar a su padre a la mañana siguiente,
rogándole que la liberase de un hombre que no era más que un
pobre sastre. El rey la consoló y le dijo:
-Deja abierta esta noche la puerta de tu habitación, que mis
servidores entrarán en ella cuando tu marido se haya dormido; lo
secuestrarán y lo conducirán en un barco a tierras lejanas.
La mujer quedó complacida con esto, pero el fiel escudero del
rey, que oyó la conversación, comunicó estas nuevas a su señor.
-Tengo que acabar con esto -dijo el sastrecillo.
Cuando llegó la noche se fue a la cama con su mujer como de
costumbre; la esposa, al creer que su marido ya dormía, se
levantó para abrir la puerta del dormitorio, volviéndose a
acostar después. Entonces el sastrecillo, fingiendo que dormía,
empezó a dar voces:
-Mozo, cóseme la chaqueta y echa un remiendo al pantalón, si no
quieres que te dé entre las orejas con la vara de medir. He
derribado a siete de un solo golpe, he matado a dos gigantes, he
cazado a un unicornio y a un jabalí. ¿Crees acaso que voy a
temer a los que están esperando frente a mi dormitorio?
Los criados, al oir estas palabras, salieron huyendo como alma
que lleva el diablo y nunca jamás se les volvería a ocurrir el
acercarse al sastrecillo.
Y así, el joven sastre siguió siendo rey durante toda su vida.
FIN
La
Ratita Presumida
Érase
una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita
estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve
algo que brilla... una moneda de oro.
La
ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría
con la moneda.
“Ya
sé me compraré caramelos... uy no que me dolerán los dientes.
Pues me comprare pasteles... uy no que me dolerá la barriguita.
Ya lo sé me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.”
La
ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado.
Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor
cinta roja. La compró y volvió a su casita.
Al
día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su
lacito en la colita y salió al balcón de su casa. En eso que
aparece un gallo y le dice:
“Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar
conmigo?”.
Y
la ratita le respondió: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué
ruido haces?”
Y
el gallo le dice: “quiquiriquí”. “Ay no, contigo no me casaré
que no me gusta el ruido que haces”.
Se
fue el gallo y apareció un perro. “Ratita, ratita tú que eres
tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo:
“No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?”. “Guau,
guau”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me asusta”.
Se
fue el perro y apareció un cerdo. “Ratita, ratita tú que eres
tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo:
“No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué ruido haces?”. “Oink,
oink”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es muy
ordinario”.
El
cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le
dice a la ratita: “Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te
quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y
tú qué ruido haces por las noches?”. Y el gatito con voz suave y
dulce le dice: “Miau, miau”. “Ay sí contigo me casaré que tu voz
es muy dulce.”
Y
así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce
voz. Los dos juntos fueron felices y comieron perdices y colorín
colorado este cuento se ha acabado.
FIN

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